PRENSA. LA NACIÓN. “El poder político no quiere la democratización de las instituciones culturales”

-¿Algo así como salirse de la dicotomía entre local y accesible, o cosmopolita y elitista?

-Es que el artista hoy requiere estar en la ciudad como espacio de cultura. Te doy un ejemplo: este verano vamos a hacer una nueva versión de Caminito, una propuesta teatral de vanguardia que Cecilio Madanes hizo en los años 60 en la calle Caminito, con la ciudad como escenario. Por allí pasaron Sergio Renán, Antonio Gasalla, Jorge Luz. Eran representaciones de alta calidad que en invierno se hacían en salas del centro. Lo más interesante era la presencia de los vecinos, que formaban parte, en las ventanas que dan a Caminito, de las obras. La idea es hacer un gran homenaje a Madanes, y estrenar una obra de Gorki, que se llama Los veraneantes.

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Diario LA NACIÓN

Domingo 21 de diciembre de 2014 | Publicado en edición impresa

Entrevista con Adriana Rosenberg.

“El poder político no quiere la democratización de las instituciones culturales”

La directora de la Fundación Proa defiende la creación de un “liderazgo cultural profesional”, la descentralización y la articulación de las iniciativas públicas y privadas
Por Diana Fernández Irusta

Al frente de Fundación Proa desde 1996, Adriana Rosenberg -que en su momento estudió y trabajó junto a Jorge Romero Brest (con quien fundó la Editorial Rosenberg-Rita Editores)- se mueve en la gestión cultural como pez en el agua. No sólo es la encargada del programa de exhibiciones, las actividades culturales y el fondo editorial del sofisticado espacio cultural anclado a metros de la Vuelta de Rocha, sino que también sabe del delicado equilibrio entre iniciativa privada y políticas estatales que tantos proyectos culturales requieren. “Está comenzando a aparecer una amistad, un vínculo más gentil, entre la sociedad civil y la esfera política”, apunta. Pero también señala lo que, a su criterio, es una tendencia que excede al oficialismo: “El poder político no quiere la democratización de las instituciones culturales; quiere tener allí al militante”.

Por estos días, Rosenberg está abocada a la exposición del artista chino Cai Guo-Qiang, quien el 21 de enero realizará en La Boca uno de los monumentales espectáculos con fuegos artificiales que lo hicieron conocido a nivel internacional. Sobre ese otro difícil equilibrio, la masividad y la calidad, sostiene que el objetivo de toda gestión debe ser garantizar la diversidad de registros. Y, en cuanto a la asociación entre políticas culturales y personalidades del espectáculo o los medios, dice con vehemencia: “La misión del Estado es ordenar. No mezclar y confundir”.

-¿Cómo percibe la articulación entre política cultural e iniciativa privada en la actualidad?

-Son dos esferas que siempre, de alguna manera, van en paralelo. Además, la sociedad civil por un lado y la sociedad política por el otro no sólo en cultura, sino en muchos otros aspectos están muy divididas. También me parece que hay situaciones que vienen de lejos. Por ejemplo, lo que significaba ser un funcionario público en determinadas épocas de la historia. Hoy, aparentemente para un gran sector de la sociedad es importante ser un funcionario público. Creo que es una situación nueva, que lo podés ver tanto en los jóvenes de La Cámpora como en los jóvenes de Pro. Hay toda una nueva generación que quiere comprometerse políticamente de ese modo; a lo mejor en generaciones anteriores no era un orgullo ser funcionario ni vivir del Estado, sino todo lo contrario. Pero ahora está comenzando a aparecer una amistad, un vínculo más gentil, entre la sociedad civil y la esfera política. Por lo menos nosotros, que organizamos el evento de fuegos artificiales con Cai Guo-Qiang -un evento público de carácter internacional-, no podríamos hacerlo sin que la Prefectura, el gobierno de la ciudad, la Subsecretaría de Puertos y Vías Navegables, entre otros entes públicos, se asocien al proyecto. En función de esto, te diría que estamos trabajando muy bien. Al menos en la zona sur, en Vuelta de Rocha, hay mucha voluntad o sueño de que crezca el barrio.

-En este sentido, ¿cuál es su evaluación del funcionamiento de la ley de mecenazgo en la ciudad de Buenos Aires? Es decir, la normativa que permite destinar parte del pago de ingresos brutos a iniciativas culturales.

-Nosotros somos impulsores de esa ley; se presentó en Proa en 2009. Te diría que desde que se implementó creció muchísimo la actividad cultural. Nosotros, como empresa, no podemos financiar proyectos propios. Entonces, Proa lidera el asesoramiento a empresas que quieren participar; las acercamos para que colaboren. Se han beneficiado infinidad de proyectos: el Centro Cultural Nómade, publicaciones, revistas, proyectos cinematográficos. Es un modo de impulsar la actividad cultural muy interesante, que financia proyectos que de otro modo serían inviables. Otro ejemplo: el catálogo de Juan Becú, que se presentó estos días en el Mamba. Creo que el Estado no hubiera participado en esos proyectos, porque tiene otras problemáticas.

-¿Por qué se trabó el impulso de la ley de mecenazgo a nivel nacional?

-Porque es una decisión política. E ideológica. Tiene que ver con cuánto se quiere permitir que la sociedad civil actúe libremente o genere sus proyectos. O, por el contrario, si se tiene una idea de que es el Estado quien tiene que organizar y coordinar los recursos para toda la sociedad. Me parece que éste es el sustento filosófico: el grado de presencia del Estado en la decisión de las políticas culturales.

-¿Hay algún modelo del exterior que le parezca digno de interés?

-En los Estados Unidos la cultura está casi totalmente bajo decisión de la sociedad civil; son todas instituciones privadas: a los museos los liberan de impuestos para que puedan ejercer su actividad. En América latina, Brasil logró un auge extraordinario en el ámbito de la cultura durante los últimos años, con una presencia muy alta a nivel internacional. La pinacoteca del estado de San Pablo es un ente público-privado que recibe fondos del Estado, gerenciados de manera privada.

-¿Y qué ocurre con los modelos más a la francesa, digamos, con una fuerte participación estatal en las políticas culturales?

-Es que depende de cómo se posiciona ese Estado. Puede estar directamente ligado a las políticas culturales o delegar determinadas acciones en personalidades destacadas. Eso se aproxima al estilo francés, donde ciertas personalidades, con sus reconocimientos, lideran las instituciones con fondos del Estado.

-En este contexto, ¿cómo definir la gestión estatal local?

-No es la gestión francesa, claramente. Pero, bueno, hubo intentos. Yo formé parte de la comisión asesora del Museo Nacional de Bellas Artes, cuando salió Glusberg y José Nun era secretario de Cultura. En la comisión, que hizo un trabajo extraordinario, estaban también Luis Benedit, Alejandro Puente. La figura de Américo Castilla [en ese momento director nacional de Patrimonio y Museos] fue muy importante, como la del propio Nun. Fue la primera vez que se logró formalizar un concurso de director de museo, independientemente de la política de turno. Vino un jurado internacional, el licenciado que ganó fue elegido entre cinco proyectos presentados. Hubo una enorme amplitud, transparencia y voluntad de democratización de las instituciones culturales. Hoy este tipo de iniciativas están, lamentablemente, frenadas. El poder político no quiere ceder a la democratización de las instituciones culturales; quiere tener allí al militante.

-¿Esto ocurre especialmente en Cultura?

-En todas las áreas… No sé si son los meritorios los que van ganando espacios.

-Yendo a la gestión cultural diaria, el llamado “cepo al dólar” y las trabas ligadas a la importación, ¿están afectando el armado de muestras internacionales?

-La decisión de seguir conectados con el mundo es una decisión estratégica para nosotros. Las vicisitudes político-económicas de alguna manera se van superando. Por ejemplo, para la muestra de Cai Guo-Qiang no trajimos obra, pero tuvimos que traer materiales, pólvora, papel de Japón, que es con lo que él trabaja, y todo eso significó importar. Efectivamente, gran parte del trabajo en este momento está muy ligado al tema burocrático. En las muestras de Giacometti y Ron Muek, donde trabajamos en conjunto con Brasil, ellos se ocuparon mucho de lo que fue la relación con el exterior. Las divisas salieron de Brasil y desde Proa nos ocupamos de pagar costos locales.

-Esta idea de que estamos viviendo cierto “provincianismo cultural”, ¿es una frase hecha o alude a algo de lo real?

-Pienso que es verdad. Las trabas, obviamente, te aíslan. No todas las instituciones tienen la capacidad de atravesarlas. Son trabas económicas, de gestión, laborales, legales. Tenés que contar con muchos profesionales que se aboquen a resolverlas. Proa cuenta con un apoyo que es la organización Techint; ese asesoramiento lo podemos tener. Pero si sos un artista o una institución pequeña, te diría que se te vuelve muy difícil e irremediablemente caés en el aislamiento. También les pasa a muchas instituciones públicas. Me parece que, por un lado, hay una situación, la realidad, con trabas que te van aislando. Y, por otro lado, hay muchos grupos de pensamiento que consideran que es más importante vivir con lo nuestro, reforzar las culturas de aquí, invertir aquí, y tener menos contacto con el exterior. Un fenómeno que se da en todas las áreas.

-¿Se estaría generando un tipo de consumo cultural diferente?

-No, me parece que es algo cíclico. La Argentina siempre pasa por períodos de apertura y de encierro. También hay que considerar que hay disciplinas distintas. En artes plásticas, en las grandes exposiciones internacionales, la relación que tenés que tener con el exterior y las posibilidades de apertura son muy importantes. En teatro, por el contrario, en los últimos años surgieron muchos grupos que salieron al exterior, donde fueron reconocidos, y a lo mejor trabajaron con cuestiones muy locales que aportaron a la escena global un nuevo punto de vista. No se pueden hacer generalidades; en cultura, en arte, hay que considerar situaciones específicas.

-¿Cómo pensar las políticas culturales ancladas en figuras muy conocidas o con impacto mediático?

-Me parece que están ligadas al rédito político. Cuando nombraron a Marcelo Tinelli personalidad destacada de la cultura, no me pareció oportuno. No porque le saque mérito a Tinelli, sino porque él abarca una situación que yo no llamaría cultural, sino propia del mundo del espectáculo, de los medios. El lenguaje tiene posibilidades lo suficientemente amplias como para dar cabida y premios a todo el mundo. Entonces, así sea que el reconocimiento a Tinelli como un personaje cultural les sirva mediáticamente o que realmente quieran agasajarlo, lo que tienen que considerar es que no tiene nada que ver con un escritor, un director de teatro o un artista plástico. Le pueden dar premios a la mejor repercusión televisiva, pueden inventar una cantidad de términos que ordenen el panorama. Pero no son esferas comparables, no todo es lo mismo. Y la misión del Estado es ordenar. No mezclar y confundir.

-En estos tiempos, ¿se puede escindir el éxito de una política cultural de su masividad?

-Hay un fenómeno doble. De algún modo, desde hace 20 años, la problemática de la ciudad como centro de arte en sí misma es algo que muchos curadores vienen reclamando. La idea de que no existan fronteras entre el interior y el exterior de la institución. En la Documenta X, Catherine David tomó la ciudad de Kassel por primera vez como todo un centro cultural. Hay una necesidad del arte de no encerrarse en un cuarto. Los artistas reclaman estar en la calle y que la ciudad sea su lugar de trabajo y su forma de gestión o creación artística. Eso, por un lado. Por el otro, existe tecnología apropiada para realizar transmisiones y grandes eventos con pantallas. El rock es la gran muestra de lo que han incidido los festivales de música en la práctica contemporánea. Desde ese punto de vista, es un requerimiento genuino del arte y los artistas: no encerrarse y cosificarse dentro de una institución. Pero una cosa es traer a los Rolling Stones y llevar a todo el mundo -yo voy feliz a verlos- y otra es presentar el arte contemporáneo de los jóvenes artistas, el teatro de vanguardia, el cine que no es para la masa, sino para pequeñas elites. Y no por eso una actividad debería estar sacando lugar a la otra.

-¿Algo así como salirse de la dicotomía entre local y accesible, o cosmopolita y elitista?

-Es que el artista hoy requiere estar en la ciudad como espacio de cultura. Te doy un ejemplo: este verano vamos a hacer una nueva versión de Caminito, una propuesta teatral de vanguardia que Cecilio Madanes hizo en los años 60 en la calle Caminito, con la ciudad como escenario. Por allí pasaron Sergio Renán, Antonio Gasalla, Jorge Luz. Eran representaciones de alta calidad que en invierno se hacían en salas del centro. Lo más interesante era la presencia de los vecinos, que formaban parte, en las ventanas que dan a Caminito, de las obras. La idea es hacer un gran homenaje a Madanes, y estrenar una obra de Gorki, que se llama Los veraneantes.

-A propósito de la ubicación geográfica de Proa: más allá de las intenciones de promover la zona sur de la ciudad y del circuito turístico de La Boca, la fundación sigue siendo un enclave extraño en medio de un barrio complicado. ¿Cómo se vive esto institucionalmente?

-Lo que pasa es que, a nivel mundial, desde hace 20 o 30 años, la tendencia es instalar instituciones en lugares marginales. O los museos de Gehry, que rompen el tejido urbano y hacen una marca. Hay otra tendencia, donde se inscribe Proa, que tiene que ver con la recuperación, reciclar de alguna manera la historia, recuperar la memoria de las ciudades. La Boca me parece uno de los barrios que tienen mayor tradición artística. Quinquela fue un revolucionario que quiso llevar el arte a la calle; estaba muy ligado a las ideas de las primeras vanguardias. Yo creo que el Distrito de las Artes va a significar un cambio radical en la escena artística urbana. Va a quedar una zona norte mas museística. Y algo más ligado a lo experimental en el Distrito de las Artes.

-Estos procesos son cuestionados por quienes sostienen que llevan a la gentrificación (la expulsión de población propia de esos barrios, desplazada por sectores económicamente más acomodados).

-Es inevitable. Es lo que ocurre en todas las ciudades del mundo. Hoy, en Nueva York, la burguesía quiere vivir en SoHo. Son situaciones que cambian mucho, generación a generación.

-Si tuviera que mencionar acciones ligadas a la cultura en el último decenio, ¿cuáles mencionaría?

-La elección democrática del director del MNBA me parece muy destacada. Algo que se hizo, que hay que hacer y que habría que seguir profundizando. Me parece muy importante armar un liderazgo cultural profesional. Por eso me interesan los posgrados en gestión cultural, que, también en los últimos años, se fueron armando en universidades públicas y privadas. Di Tella, Untref, Quilmes, Unsam, UADE, El Salvador. Al IUNA se está acercando todo el mundo a dar clases, lo que me parece genial. La gestión cultural comenzó a pensarse como profesión. Creo que también marca el último tiempo la creación de algunos nuevos museos en el interior del país: en San Juan, en Santiago del Estero, en Mendoza, en Salta. El más reciente es el Museo de Arte Contemporáneo de Mar del Plata. Iniciativas que, aunque sea un poco, han ayudado a descentralizar.

UN FUTURO POSIBLE, SEGÚN ROSENBERG

CON VISTAS A 2015, ¿QUÉ PRIORIDAD PODRÍA PLANTEARSE EN EL CAMPO DE LO CULTURAL?

El federalismo es algo muy importante. La concentración en la ciudad de Buenos Aires sigue siendo enorme. Con las herramientas tecnológicas que permiten la descentralización, no tiene sentido el enorme desfase con el interior del país. La Argentina se merece algo mejor. De alguna manera, el concepto de urbe que se fundó en el siglo XX hoy está cuestionado. Por ejemplo, el Museo de Antropología de México se funda con la idea del gran museo de la arqueología mexicana. Pero en la actualidad la tendencia son los museos de sitio, que se erigen en el mismo lugar donde se hicieron los hallazgos arqueológicos. Eso impulsa el desarrollo del turismo cultural: en Salta o en las misiones jesuíticas pasa un poco eso. La idea es no extrapolar la cultura, preservar las piezas, incluirlas en su contexto. Las nuevas tecnologías favorecen esta nueva concepción. La visión del territorio tiene que cambiar. Y me parece responsabilidad de las instituciones, públicas o privadas, ocuparse de eso.

MANO A MANO

SOCIABLE Y DECIDIDA MUJER DE GESTIÓN

Llega a la cita, impecable (hay que combinar, en un mismo tono, anteojos, aros y chalina) y generosa (aceptó un cambio de horario y lugar a contramano de sus preferencias). Adriana Rosenberg tiene el don de la sociabilidad. Una facilidad que, en la entrevista, adopta un cariz distinto al que suele mostrar en brunches e inauguraciones de Fundación Proa: están la simpatía y la cordialidad habituales, pero también la concentración, el silencio atento durante las preguntas, el cuidado por poner en palabras exactamente aquello que se quiere decir. Formada con Romero Brest y solicitada como curadora (envíos a la Bienal del Mercosur en Porto Alegre y 51° Bienal de Venecia), la directora de Proa es, ante todo, mujer de gestión. Convencida de la importancia de “estar conectados, tener una red de instituciones asociadas”, trabaja y viaja sin parar. “El año que viene, con Cuauhtémoc Medina [curador mexicano] haremos dos exposiciones que llevaremos después a Río -se entusiasma-. Esto significa costos, intelectualidad y departamentos que se mueven. Y un gran crecimiento.”

http://www.lanacion.com.ar/1753915-adriana-rosenberg-el-poder-politico-no-quiere-la-democratizacion-de-las-instituciones-culturales

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