La muerte no se parece a nadie, 2012

Fábula peronista a partir de “Las criadas” de Jean Genet

ACTO UNO

Cuadro 1: SENTENCIA
Un inodoro, a su alrededor tramperas para cazar ratones se aprestan para dar combate. Colgados de la parrilla de luces: cinco vestidos blancos. Figuran presencias, ánimas. Con estructura de miriñaque y torso despliegan volúmenes. Son muñecas sin manos ni cabezas. Acaso mortajas.

La intérprete lleva una tiara de brillantes, que oficia a la vez de cofia de mucama. Su vestido, aunque negro, es idéntico a los colgados. Un vientre de seis meses de gestación determina su silueta. En las manos: guantes quirúrgicos de látex.

CLARA: Mi hermana y yo hemos puesto fecha a su muerte, Señora.
Hemos firmado el acta de defunción en sus narices, Madame.

De nada le sirve arrepentirse a la Luna.
Los pobres saldremos a levantar el trigo por la mañana.

Servirla, Señora.
Atender sus estúpidos reclamos,
defender sus caprichos
con las manos percudidas,
ajadas,
destrozadas.

Su belleza ha dejado de ser un magneto.
Fingimos.
Hemos aprendido a camuflar nuestro odio.
Cuando se es pobre, la mentira es también una disciplina.

Confundida ante el espejo, Madame, no distingue el peligro.
Es tan hermosa la Señora, como su descuido.

No debió confiar.
No debió entregar la fragilidad de su cuello a dos ratones hambrientos.

La confabulación ha sido un éxito.
Hemos hablado a sus espaldas.
¿Cómo supuso que no lo haríamos?

Cuando la vemos palidecer,
entregarse a nuestros servicios,
sería tan simple aflojar la barandilla de la escalera,
dejar la llave de gas murmurándole su asfixia.

No hallaremos perdón, ni clemencia por nuestra osadía.
Pero usted se irá al infierno,
y nosotras apenas a prisión.
¿Qué tan distinta puede ser nuestra sombra allí?

Cada mañana hemos volcado gardenal a su té,
en dosis apenas tolerables.
Hemos ido destrozándola,
dificultando el paso de la sangre por sus arterias,
tapando sus venas de princesa.

El Coronel la nota más opaca cada noche.
Su piel será un guante que hallará destino en una pira.

La hemos envenenado.
En bandeja de plata, la Señora, ha devorado nuestra reivindicación.
¿Quién es entonces la ignorante?
¿De qué le sirve su Coronel ahora?

Ciega, su paladar exigía tostadas y tragaba con té, su aniquilación.
Se irá doblando, Madame.
La veremos de rodillas, suplicando.
Hecha encima.

Le diagnosticarán cáncer:
pero es justicia.

La libertad en forma de frasco de gardenal.

Aunque el veneno se haya empecinado también con mi mano,
aunque mis uñas desaparezcan: caigan destruidas,
conocen su valor.

Por la noche, en la buhardilla,
me quito el guante
y un arrebato de belleza me invade.
Adivino el monstruo que habita en su vientre,
en la diminuta proporción que devora mi dedo.

La pócima no distingue fronteras.
Fundidas: víctima y asesina bajo una sola huella.

He volcado cuidadosa la cuchara sobre la taza,
pero no he logrado eliminar todos los vestigios,
su poder.
(Nunca que sido buena para fregar.)

Hemos enterrado en el jardín cada cuchara utilizada.
Ensayos de su tumba diseminados entre arbustos y naranjos.
Armas paulatinas.

Si la Señora no nos hubiera obligado a llevar guantes blancos,
habría notado indicios,
gestos entre sombras…

Pero es demasiado tarde,
demasiada vanidad.

No es un niño lo que lleva en el vientre,
sino mi furia.
La he obligado a un combate que la derribará.
No verá caer la luna esta noche.

No la imitaremos más.
Ya no basta ponernos sus vestidos,
jugar con sus joyas,
sus cisnes.

Cuando la Señora se ausenta,
las insolentes tomamos sus galas,
copiamos sus mohines,
hurgamos en su altar.

De nada le han servido sus rejas,
sus herméticas cajas de seguridad.
¡Ese triste revolver debajo del secreter!

El enemigo duerme dentro de la casa.
Su vientre gesta sordo al asesino.
Nos lleva adentro, Madame.
Y no hay espacio para las tres.

Nos hemos metido dentro suyo.
Las siamesas comparten un ojo en el laberinto.

No puede quitarnos, y sobrevivir.
Y no podremos permanecer, después de que muera.

Somos la bomba y la carne bajo los escombros.
Habitantes superpuestos.
Imposible distinción.

Cae desmayada.

Cuadro 2: HERMANA
Proceso de supremacía: Bordea y endurece la palma. Late furibunda hasta extinguir su voluntad. Despliega hendijas. Desciende su pertenencia, y el brazo traiciona al acero en desesperación.

Por resistir, sólo consigue fracasar. Acelerar el arroyo al que ha sido confinada. El mismo Diablo no comprende el enjute. La segunda biografía ocurre.

SOLEDAD: No corto.
No selecciono.
No decido.
Sólo cargo. Estibo, soporto.

La cuchara.
La silueta vencida.
El sobrepeso colmado.
Predeterminada sirvo, acato.

Mi esfuerzo: el segundo elemento.
Soledad.

De rodillas al costado del inodoro, hunde la cuchara y come puré. Luego limpia la cuchara, y vuelve a la ingesta. Repite la tarea tantas veces como sea necesario.

Fregar,
la mucama

movimientos
de a cinco

Ahorro
muerta
patrón
muerto
brazo
egoísmo
plan

Reproches en las alacenas
la visita
rata
los otros
las cobardes

Limpiar
fregar
torcer
tender

Los azulejos verdes del baño
el hedor trepando
Friego, debo fregar
merezco
frío el olvido

Arma
Deseo
hombre
metal

Nos desprecia el Señor,
nos ignora
detiene la mirada en lo que apenas si lustramos

Torcidas
su nombre nos rodea
Esparce la injusticia de desearlo
de aborrecerlo
de verlo preso,
dependiente.

Alejado de la Señora.
“¡Le quitamos el escudo a la Señora!”
Coronel, hemos logrado apartarlo.
como el ratón en el panal,
fue encerrado.

Hemos levantado
paredes
con el néctar de nuestro odio

Perecerá
de tumba es la miel
agonía es la dulce.

Sentencia
el Señor
el cinto
nos tiene en su puño
nos sostiene, o nos arroja

A la calle
perras
nuestra pobreza: nido,
nicho ridículo.

Somos las obreras del castillo,
idiotas sin protección.

Abuso
detenido
muerte
isla
silencio

Fregar
torcer
diminuta
obedecer

Armar la bandeja
treinta y ocho escalones,
la segunda puerta,
el postigo,
el ruido de las bisagras,
y el orinal colmado durante la noche

Un perro
un animal muerto
sin vida
La señora duerme

Alrededor de su cuello
descorro el cortinado
y descubro
que sólo era mi imaginación

Que no,
que no había perro
sólo su cuello
odiándome.

La señora duerme,
agoniza.

Traga la última cucharada. Ya no queda más. Se oye un portazo.

Cuadro 3: RELOJ
Recuperada, comparte supremacía con su hermana.

CLARA: “Sirva el té” “Prepare mi baño” “Vaya al mercado”
“Traiga mis zapatos, mis remedios”
“¡Esos vidrios!, ¿Cuántas veces tendré que decirle que se limpian de arriba para abajo? La mugre baja, querida.”

El Diablo habita debajo de mi lengua,
si hasta un niño podría advertirlo.

“Seduzca al Señor” “Arrójeme por las escaleras” “Máteme de hambre”
“Escupa mi cena” “Y por favor: envenéneme”
“Claro está, envenéneme cada mañana”

¡Estúpida!
Usted por desaprovechar mi talento,
y yo, por hundir la mano en el lavabo, y no en su cuello.

Intenta abrir un sobre, pero le resulta imposible sin evidenciar la impertinencia. Se detiene. Reintenta, y un vértice se quiebra inexorable. Desesperada, pretende enmendarlo. Nueva pausa. Decidida, lo abre y despliega las hojas. El horror la invade: llora impotente.

SOLEDAD: Torcer
quemar
mentir
La lengua de hierro, fingir

Lavar
leer
hervir
el cáncer, Doctor
El sobre, Señor.

Le suplico
olvide, Doctor
que no
no traiga
intrigue.

CLARA: El Señor caerá rendido ante mis agallas.
No tendrá tiempo para el espanto,
no se lo permitiré.
La belleza de mis actos,
hará blanco en su corazón.
Suplicará por una noche de alcoba.

Nos turnaremos para favorecer su olvido.
No sabrá cuál de nosotras lo complace:
si Madame,
o yo con una de sus pelucas;
Si Soledad,
o la misma Muerte nos disputamos su apetito.

SOLEDAD: Rezar
romper
bajar
camino
esconder

De vidrio
las plumas
traidoras

Indefensas
nos señalan

Nuestros nombres
nos apuntan.
Nuestras cabezas no valen nada.

CLARA: Diez cucharadas de gardenal en dos infusiones diarias.
Resulta imposible
que los análisis no descifren nuestro triunfo.
Corran el telón a nuestras actuaciones.

SOLEDAD: El Coronel ignora,
jamás podría.
celosas
Clara y Soledad
matar
su hembra.

CLARA: Hay que impedir que detengan el curso del veneno.
Si nos arrestan, que nadie interrumpa la justicia.
¿Dónde se ha visto a una enferma de cáncer conservar intacta su cabellera?

Estamos a pasos de alcanzar la curva.
Los huellas son más que evidentes.
Fiebres sistemáticas,
vómitos.
Alaridos a mitad de la noche.

¿Revisaste las sábanas?
¿Ha ido al baño? ¿Cuántas veces?

Te he dicho que controles,
que anotes, si es preciso.
Si tu memoria falla, debemos cubrirnos.

SOLEDAD: Podrían
podrán
vaciar
desintoxicar
a Madame de nuestro odio.

CLARA: Nunca ha existido.

SOLEDAD: En esta casa.

CLARA: Debemos expulsarla.

SOLEDAD: De nuestra memoria.

CLARA: Caerá entre los miles de papeles
que la Señora ordena con desesperación desde hace de un mes.

SOLEDAD: “Ni a su voz, Coronel.”

CLARA: “La pobrecita está fuera de control.”

Subiremos la dosis.
Irás a su cuarto, dejarás una taza en su mesa de noche,
y el frasco de gardenal torpemente oculto en su botiquín.

Al salir, echarás llave
por dentro.

SOLEDAD: Dos vueltas.

CLARA: Y saldrás por la ventana.

SOLEDAD: Las luces.

CLARA: Veinte segundos.
Serán suficientes para que alcances la barandilla.

Diré que un desperfecto en la plancha cortó la tensión.
Y prepararemos la cena, como siempre.

Actuaremos la sorpresa.
Lloraremos,
pero de dicha.

Oculta sus pantuflas, eso la detendrá.
No se moverá de la cama sin ellas.
Desconectaremos el llamador.

“Apresuró su final”
“No esperó a nadie, Coronel”
“¡Qué valiente!”

SOLEDAD: “Sin molestar. Sin una queja”

CLARA: “Antes que el Señor la llame”

SOLEDAD: Huir
escapar
morder
gritar

CLARA: ¿Con que medios?
No somos unas ladronas.

SOLEDAD: Apartadas
a besar las escobas,
a trapear sueños,
a reventarnos los riñones por un cortinado.

Romper
los libros
criminal
castigar

CLARA: ¿Qué pretenden?
¿Acaso consentirlo?
Resulta intolerable.

Esto es aún peor que mil castigos.
Juegan con nuestros nervios.
Si es de locos.

Esperan calmos, el momento de bajarnos el pulgar.
El Coronel y el Doctor encerrados en la biblioteca,
eligen el modo mejor de hundirnos.

No se comprende la tardanza.
Intentan que nos acusemos mutuamente.

Me partiré la lengua con el espejo antes de traicionarte.
Pero no confío, en no hacerlo contra mí.

Nos hierven en la demora.

SOLEDAD: Torcer
mentir
La lengua de hierro
fingir

Papel
romper
cambiar
su muerte desear

CLARA: ¡Es inadmisible!
No estoy dispuesta a soportarlo un instante más.
Hay que golpear esa puerta.
Interrumpirlos, con cualquier excusa.

“Madame agoniza, ¡reaccionen!”

No he de callarme.
Se entretienen en nimiedades,
en consultar nuestros castigos,
cuando la Señora se apaga sola.

¿Es que nadie repara en la urgencia?
¿Cómo se soporta?
Serán cómplices del deceso.

SOLEDAD: Podríamos haber sido tan bellas.
de no haber nacido nosotras mismas.

CLARA: Nos convencen de bajar la cabeza,
de cerrar el pico.
¡Qué imbéciles nos ha vuelto la fe!
¡Con qué impiedad nos arrojan a la buena voluntad!

SOLEDAD: No obedezco más que a mis errores.

CLARA: No se han movido nunca las piezas en el tablero.

SOLEDAD: He soltado a la perra de entre mis piernas.
Su asesinato huele a hembra.

CLARA: Confesaremos.

ACTO DOS

Cuadro 4: MADAME
Bajan los cinco vestidos al ras de las tramperas. Sin accionarlas, sólo provocarlas. La belleza roza el escenario. Ella, de pie sobre el inodoro, lleva lentes blancos.

MADAME: La envidia y el resentimiento no me tocan, ni siquiera me rozan. Mi túnica de Fedra barre majestuosa el suelo que piso. ¡Así, desaparecen los sentimientos bajos! Sólo me sientan las pasiones nobles.

Soy la Señora en sus vestidos, en sus cinco envidias.

Clara… ¡Soledad! ¿Qué hacen encerradas en mi baño? Salgan.
¿Limpiando qué? Limpian sobre limpio.
Rápido, que no hay tiempo.

Mi guardarropa ha dejado de ser sagrado.

Abandonarán esos uniformes. La biopsia ha sido contundente. Debo entrar a quirófano. Basta de botines negros. Tan sólo el ornato habrá de cubrirlas. Tan sólo prendas innecesarias

Con una sola de mis galas podrán desterrar al invierno de sus vidas. Sucumbir ante el arrojo de los espejos. La fortuna lamerá de sus hombros, y la inocencia será acribillada definitivamente de sus ojos.

Vamos, acérquense.

Pero por supuesto que es real. ¿Qué tipo de pregunta es esa, muchacha? Y en estas circunstancias. No existe otra verdad, más que esta inmensa despedida.

Una fortaleza se aloja sobre esas perchas. Un imperio de faldones escolta el infierno de mi admiración.

Marcharé ligera. Me desprendo de obesos galardones. ¡He de combatir a la decadencia en la más implacable austeridad! El Señor valora mi holocausto.

Fregarán las escaleras envueltas en terciopelo. Mis mangas de brocato caerán rendidas sobre sus cacerolas. Con trajes de noche pulirán los candelabros de mi entierro.

De pie. Desnúdense. Vamos, sin temor. No aceptaré tapujos. Otras matarían por estar en su lugar.

¿Qué, están sordas?

Se ilumina el primer vestido.

¡Mis formas! Aún parpadeo entre esos pliegues. Llevarán mi gloria. Pasearán mi cuerpo por la ciudad cuando esté abierta sobre la mesa de la intervención.

¡Las obligaré, si es preciso!

El segundo y tercer vestido se iluminan.

¡Basta de hurgar en cajas vacías de zapatos!

Claudica el cielo ante el bárbaro de mis sombreros. ¡La única muerte es la que desnudamos!

El cuarto vestido se ilumina. Y de inmediato se apaga.

Sé lo que ocultas debajo de esos guantes, Clara. No me mire así. Por supuesto, que me he dado cuenta. A tu Señora, nada se le escapa. No te avergüences.

El frío…. el frío de las canillas, me supongo. Fregar tan de mañana, y en las piletas de fuera. ¡Qué imprudencia! Conozco la severidad del Coronel, sus exigencias. Pero no sé, podrían organizarse de otro modo.

Si no me quejo, no me he de entrometer mientras cumplan con sus quehaceres. Pero, tonta, si tienes las manos a la miseria.

Se iluminan el cuarto y quinto vestido.

¡Soy Madame enamorada de París!
Vamos, mis niñas que Dios nos quiere a doce centímetros del suelo.
Si es mejor llevar insultos que harapos.

SOLEDAD: El amor. Gracias.
me tiño
le profeso
de pólvora
cuando la atacan.

CLARA: De no ser por la Señora
El futuro de una mujer en el campo,
es siempre un árbol donde talar.

Madame nos ha quitado el hambre de entre los dientes.
Al cumplir los 17, la miseria ya nos había devorado.

La Señora nos ha obligado a regresar.
A cruzar el puente.
Usted es el horizonte.

Yo amo a la Señora,
y la Señora lo sabe.

Las dos sirvientas
aman a los Señores.

SOLEDAD: Mentira
verdad
gracias
vestidos
sus joyas
El niño Dios en la cascada de sus joyas.

Madame
mi hermana
jamás
sus galas

No podríamos
Sagrado
¡su vestido Dior!

Apenas lo rozamos
con la mirada
lustramos
lo hemos soñado

Y ahora Dios
el milagro Dior
La Señora nos viste de fuego.

Fornica el Doctor con su cadáver.

CLARA: Su piel de porcelana, cuando limpiamos la vajilla.
Su cuerpo rodeándonos la cintura,
su busto exacto y desvelado.

No permita que la alcancen.

MADAME: He sido explícita con los médicos. He ordenado que extirpen, que castren. No toleraré medias tintas. Aunque comprometan órganos. Hay que acabar con mi oponente. Soportaré hemorragias. Seré capaz de todas las astucias.

No existen secretos entre la ciencia y mis asuntos. El mal que llevo, ha duplicado exacta la piedra que el Coronel supo obsequiarme en nuestro último aniversario. Llevo un diamante prendido al útero.

Los médicos aplauden al ver los estudios. Elogian la precisión, mi garbo.

Golpea, aguijona, con cada estocada viene por mí. Me desafía. De mí se alimenta. Se interpone. Ha encontrado remanso en mi dolor. Se me ha astillado la juventud en plena muerte.

No prestaré mi silueta. No me verá cabizbaja. Me niego a volverme un círculo colorado en los registros de la Morgue.

Me colman de flores. ¿Acaso pretenden velarme, ya?

Yo sé que no, que son los medicamentos, que tuercen mis pensamientos. Mis fieles sirvientas…

¿Ha dejado de llover? Mi apoyo izquierdo y derecho.

¿Es que no lo notan? Habito en los pespuntes, recorre mi sangre los ruedos. No son broches, sino básculas. Hemoglobina lamiendo los cierres. Visones ofrendados en las manos niñas de la vanidad. La morfina no me aleja del crimen. ¡No hallo límites en la ferocidad de la beneficencia!

Giran sobre su eje los cinco vestidos. Baile de ánimas.

Cuadro 5: QUIRÓFANO
Se coloca lápiz labial.

CLARA: La Señora se nos va. Se funde en nuestros regazos.
Los médicos no han podido resistir la tentación:
intentan condenarla a sobrevivir.
Pierden tiempo disfrazándola de cáncer.

SOLEDAD: Antígenos oncofetales.
Glucoproteínas
Fosfatasa Vimentina

CLARA: El Coronel la sube hasta su cuarto.
La lleva en andas.
Un cuerpo.
Poco más.
No más que un soplo.
Como quien dice zapato, pero sin arriesgar un paso.

La bata se desliza,
cae con facilidad.
Ninguna curva la detiene.
La seda alcanza inmediata el piso helado de las escaleras.

SOLEDAD: Linfoma mixto molecular
Procarbazina
Hidroxiurea en fase Astenia

CLARA: Ya todo está dispuesto.
La túnica. Plancharemos.
El peinado que llevará.
Cuidamos los detalles.

SOLEDAD: Las uñas

CLARA: El color de su esmalte

Dos tijeras abiertas debajo de la cama.
Será un lujo condenarnos.

El verdugo nos besa en la boca.
De otras mansiones llegan
nos riegan de aplausos,
nos lanzan flores,
izan nuestros nombres ante el pelotón de fusilamiento.

Somos las fabulosas renegadas.
Disponemos de nuestro espanto.
La ruina nos cubre como a doncellas.
Las sirvientas se sublevan.
Disparan ángeles en cada grito.

Cocineras
Enterradoras
Una tropilla de traidoras aguarda

Agazapadas
en los pasillos,
de este lado de las cerrojos.

Atacaremos
cuando menos sospechen.

La muerte cruza la ciudad, Madame.
Cada muchacha de limpieza ha sido transformada en un fusil.

SOLEDAD: Una
Cien
Mil moscas

CLARA: Usted es apenas, la primera de una enorme lista.
Ya no tragamos.

SOLEDAD: Sirvientas contagiando sirvientas.

CLARA: Ya no pedimos permiso.

SOLEDAD: Metotrexate 500
Bleomicina aquilante nitrosureas

CLARA: Nos creyó retraídas, la Señora, ¿verdad?
Incluso algo idiotas.
No lo niegue.

Al servirle la cena, apuntábamos a su cabeza.
Y retirábamos el plato,
con la certeza de haberle disparado entre los ojos.

Nos debe una disculpa.
Somos los ladrillos de su derrumbe.

Los vestidos detienen sus giros.

SOLEDAD: Sus vestidos.
Generosa.
Tiempo.
Podrán salvarla.

CLARA: ¡Te dejas engañar!
Comprar, por unas telas.
Años de fregar te impiden razonar.
La mugre se acumula en tus pensamientos.
En poco tiempo te conformarás con dosificar tu odio.

No debemos permitirlo.
Es preciso que circule el fuego,
porque de otro modo nos atrapará.
Es ella, o nosotras.

No se trata de libertad.
Nunca la hemos tenido.
Es absolutamente irrelevante el costo.

La operación debe ser un éxito.
Madame debe pagar.

Recupera su giro el primer vestido.

SOLEDAD: Nos ha esquilado.

La Señora teme por las pulgas.
Las mugrientas somos dignas de dormir atadas.

SOLEDAD: Perlas.

CLARA: La ingrata súbdita aspira a sus perlas, Madame.

SOLEDAD: Envidia

CLARA: Entre medio de sus piernas, Señora.
Envidia en su dentadura.
Con mi coz, partiré sus vidrios.

SOLEDAD: Verde
prolijo
bordo
minucioso.

Verde. Hilo
mi nombre
en sus vestidos.

CLARA: Será claro quién es la patrona.

SOLEDAD: En el pecho
la solapa,
corazón.

CLARA: No es un disfraz.
Verde elegante
gigante.

SOLEDAD: Mi nombre en sus vestidos.
Como las monjas nos enseñaron.

CLARA: Como las presas en el convento.
No se atreverán a mandarnos a prisión así vestidas.
¿Quién osaría tocarnos con estas medias?

SOLEDAD: La Señora en hilo esmeralda.

Todos los vestidos giran hacia el lado opuesto.

CLARA: Soy Madame enamorada de París.
La madre enamorada de los toros.

El pelo largo tendido.
El signo hostil,
el beso profuso.
Las manos entrelazadas en la Opera.

Aquí los ojos no valen nada.
Sólo hablan de una Reina:
la Virgen ametrallada.

“Las quiero impecables”

Es París enamorada de Madame
Es Madame enamorada de los toros,
de todos los homosexuales.

¡Mis vestidos!
¡Mis hijas viudas!
¡Mi fabulosa organsa!

Soy… alejada del sol,
La malherida.
Leche sorprendida entre los calabozos.

En un abrazo desafío maravillas.
Soy Madame enamorada de la Muerte.

Se oye zarpar un buque.


Cuadro 6: REGRESO
Drásticos, se detienen los vestidos. Obedecen.

MADAME: Llevo tres días y sus noches desmayada, apartada de mí. Huyendo a galope de mi cuerpo, como quién desentraña un sueño, cayendo dentro de otro.

Abran las ventanas. Esparzan frutas sobres las mesas, colmen de fragancias cada cuarto. Una señal, tras otra.

Aún conservo la fiebre de la anestesia, la boca seca, el frío diseminado del combate. He rozado a la muerte. Me han reducido a un zumbido para que no me atrape.

Los médicos están absortos. Hablan de un milagro. Las probabilidades de regreso eran prácticamente nulas. Mi recuperación ha sido prodigiosa. He prosperado la respuesta. Resulto indescifrable.

¡Lloran mis fieles criadas! Lloran por el regreso de su Señora. La felicidad es una prenda imposible de ocultar. Yo sé que han temido por su futuro, pero podrán continuar atendiendo al Señor y a la Señora. Así lo dispuso el Señor.

Regreso con mitad del cuerpo hecho estopa, pero le he dado cuerda nuevamente a los relojes. He quebrado los blindajes, si hasta un ciego podría notarlo. Mi única devoción has sido esterilizar el olvido. Cada centavo de la memoria me pertenece.

Desperté con las manos ensangrentadas. Debieron atarme, mi cuerpo se rebelaba. Intenté yo misma arrancar a ese ser horroroso. Llevo cicatrices. Costuras, que el tiempo sabrá reubicar en su exacta inconsistencia.

El cáncer ha permitido desprenderme de toda maleza. No sólo de aquél manojo inservible de células, sino del vicio al que el temor me sometía. Yo misma he parido a la muerte en un quirófano. La he pulverizado.

Aún cuando mis pulmones detenían mecánicos su labor, no deserté. Mi cabellera aún paseará por los calendarios. A dentelladas he sumido a la muerte en mis silencios.

¡Con qué debilidad mi contrincante confió su victoria! Mi segundo nacimiento ha ocurrido, y no pienso atiborrarlo de excusas. La imperfección me ha levantado. Sólo existe una verdad: y es esta inmensa bienvenida.

Se eleva el primer vestido. SOLEDAD cae de rodillas.

SOLEDAD: No
aún no
le suplico
aquí
y aquí solo un poco.

En el codo
¿lo nota?
no me duele
claro que no

Apenas
apenas rojo
las ollas
igual que las ollas

Pulo
No me lo perdonaría
Cambia
¿verdad, que sí?

El olor de mis canillas
raspo
obsceno sabor mi dolor

El guardarropas de Madame
altar
cosa sagrada

Apenas rozamos
con la mirada
acariciamos

Indignas
jamás
jamás podríamos

Y ahora usted
el regreso
los médicos
el calor

No, Señora, no
Una señal tras otra
Un poco más
jamás

Jamás quisimos
nunca creímos
Disfraces
claro que sí
se lo juro
juramos

Mi hermana
mi hermana y yo

Aquí todas
la virgencita
envidan
que tenemos

No
aún, no…

Se eleva el 2do vestido. Se jala de la cabellera, como si el cuello se le hubiese quebrado, y le fuera imposible mantener erguida la cabeza.

CLARA: Esa hiedra corrompe las estatuas del jardín.
Se aferra.
Tiñe su desgracia verde sobre el niño de la fuente.
Si hasta le hemos tenido que amputar un pie al desgraciado.

Debemos quemarla
con querosén.
Una planta no debe comportarse como una boa.

Se eleva el tercer vestido.

MADAME: ¡Qué perspicaz el alma que expele sus recuerdos! Me comentan de sus quehaceres, pero nada me subyuga, me pretende. ¿Quién sino una hembra, podía quebrar al Diablo hasta hacerlo tambalear como a un don Nadie?

Se eleva el cuarto vestido.

¡Mis pequeñas desviaciones! Mis hijas de la buhardilla, con sus pies diminutos, y sus espaldas austeras. El futuro obsoleto aplaude mi retorno.

Soy la Señora en sus vestidos. En mis cinco alivios.

Sube el último vestido, y un alarido tiembla en las alturas. Giran sobre sus ejes los vestidos. Baile de ánimas. Música.


ACTO TRES

Cuadro 7: JUSTICIA
De pie, dentro del inodoro.

CLARA: ¡Por entre los dedos!

SOLEDAD: Nada puede contra ella.

CLARA: Nunca ha sido verdad, la justicia en esta casa.

CLARA: ¡Traición!

SOLEDAD: ¡Precipitación!

CLARA: Llevo una rata muerta en la mano.
Un enorme roedor que mi instinto ha cazado.
Lo hallé merodeando, buscando comida.

En el jardín, Madame bebe su té.
Detiene su mirada, capturo su atención.

Orgullosa exhibo el trofeo. Mi destreza.
La Señora valora mi lealtad.

En el combate he perdido un diente.

SOLEDAD: Corro
hasta el portón mis manos
los barrotes

Ha ocurrido
El camisón
Otra vez
La mancha. Me he orinado.

Temo regresar
Al reto
de mi patrona
Y temo escapar
A la miseria
de no tener donde llegar

CLARA: Nos hemos revolcado en los excrementos de sus órdenes
y no hay grandeza alguna en ser pobre.

Es una trampa la Redención Eterna.
Un somnífero, para que no la ataquemos por la madrugada.
Para que, sensatas, no la ahoguemos con la almohada.

Nos satura de quehaceres,
para que, agotadas,
ni siquiera protestemos ante Dios
cada noche en nuestros rezos.

Somos el plato frío
de una fe construida a las apuradas.
No resistiría usted, ni una sola de sus leyes.

Estaría muerta, antes de que nosotras
alcancemos su cuello.

Pero disputarnos las migas
nos ha mantenido en vilo los nervios.
Firmes, los músculos.

Tapiadas por el pecado,
nuestra carne se ha vuelto de puñal.

Mutamos nuestros uniformes en armaduras.
La única gargantilla que pende de su pecho, es nuestro rencor.

Se nos seca la piel,
pero no la furia.
Se nos quiebra la espalda,
pero nunca la revancha.

SOLEDAD: Mis rodillas,
mis horribles rodillas
ajadas
marcadas.

No logra
no consigo
ocultarlas

El delantal
Estiro,
lo tiro
no alcanza
Intento alargarlo.

No queda dobladillo,
era de la otra,
la anterior.
Debió ser enana.

Mis rodillas,
mis horribles rodillas,
mi vergüenza izquierda y derecha.

Todos saben que he sido castigada.
Que he sido, y soy mula.
En la tienda murmuran,
nunca he podido tener
detener
bellas rodillas
perladas
lisas

Frías, ásperas: las mías.

Yo sé que el Coronel mira mis rodillas
No permito.
No permitiré que vuelva a tocarme.

Rodillas para rezar
para fregar
torcer
cazar
mugre y ratones.

Rodillas para quebrar
recoger
la vajilla

Rodillas para vendar,
hematomas para ocultar.

Rodillas
para cavar la propia tumba.

CLARA: Recibió sorprendida el golpe.

SOLEDAD: Nadie la insultó.

CLARA: “La fe requiere de corderos, Señora”

SOLEDAD: Madame rodó escaleras abajo.

CLARA: Las tramperas la recibieron en el piso.
Han cumplido su misión con saña.

SOLEDAD: No alcanzó a tomarse de mis ropas.

CLARA: Hemos arrojado a la Señora escaleras abajo.

Se abren las bases de los cinco vestidos, caen cientos de cucharas que accionan las tramperas en el piso. Lluvia y rebote de la muerte.

Cuadro 8: DOMICILIO
Caminando fuera del círculo. Entre tramperas accionadas y cucharas dobladas esparce harina intentando cubrir sus huellas.

SOLEDAD: El cuerpo ha quedado destrozado.

CLARA: Perfecto, para mi gusto.

SOLEDAD: Diré que preparábamos la cena,
y el conejo intentó escapar.

CLARA: Irás presa por matar a tu hermana.
Confesarás que peleábamos, y tuviste la desgracia de vencer.
Será una gresca entre mucamas.
Una tragedia, que un par de comentarios de sobremesa sabrá de sepultar.

No dudarán en hallarte culpable.
La justicia nunca nos ha rozado.
¿Por qué habría de cambiar eso ahora?

Indagarán poco.
Una simple riña entre muchachas de limpieza.
Nadie saldrá a defenderme.
Se tragarán la píldora, como Madame las tostadas.

No llores,
no estarás mintiendo al declarar la muerte de Soledad,
porque tu naturaleza
se habrá extinguido al posarse sobre ese cuerpo.

Habrás desnacido tu nombre,
para recibir el mío.
Es todo lo que puedo dejarte.
Un nombre.

Es tan descabellado que lo creerán.
Preferirán hacerlo.
Un cadáver enfurecido de ese modo por las tramperas.
Sería imposible hallar piedad en los jueces.
No admitirán semejante ira. No, contra a una Señora.
Nos ahorcarían de inmediato.

SOLEDAD: Los dientes han sido proyectados.
La mandíbula ya no existe.

CLARA: Cada mañana, ante el espejo,
verás reubicarme en tu rostro.
Fortalecer nuestro plan.

En pocos años serás libre.
Y ya nadie podrá separar a Clara,
de Soledad.

SOLEDAD: Quince pasos al paraíso partiendo desde la pérgola.

CLARA: Indicarás a la Policía el sitio exacto donde enterraremos a Madame,
y llorarás incriminándote
por el asesinato de tu hermana.

SOLEDAD: Una Reina sepultada con las ropas de una sirvienta.

CLARA: Enlazarás un rosa en las manos del cadáver.
Eso conmoverá a la prensa.
Un buey arrepentido resulta siempre liberador.

Madame cumplirá su parte.
Estará magnifica en su papel.

Se jactan de adorarla,
pero bastará con ponerle tus ropas.

Quiebra con la cuchara su vientre, y quita bolsa de harina. La sube por encima de su cabeza y al explotarla una lluvia blanca la cubre.

Desmantelada la señora es nadie.
Madame bajo tierra, y nosotras asesinas.

SOLEDAD: El espejo no sabrá que ausencia convocar.

CLARA: ¿Qué otro final podía ligarnos?

 

Cuadro 9: MUERTE
Desciende un arnes desde la parrilla de luces.

CLARA: Clara o Soledad, usted me irrita. Clara o Soledad, me está usted irritando, porque las confundo. La acuso, aquí y ahora, de todas las desgracias.

El té. Esa taza, que torpe dejó enfriar, sírvamela. ¡Sírvamela, Clara!, y no me contradiga. No estoy dispuesta a admitir insolencias.

SOLEDAD: La muerte es la más fiel de las sirvientas.

CLARA: ¡Obedezca, niña! Me he colocado entre dos espejos, y broto hasta el hartazgo.

Profesa mi muerte aquella que no soy,
pero mi mano empuña.
Y asesino a la que frente a mí alumbra
su figura con mi sombra.

Bebe el té y se coloca un arnés. Asciende lentamente.

Rocío
labios de porcelana, luciré.
Arcilla que estanca el vicio,
mi cadáver: la momia

El cuerpo será relleno.
Sumerjo las manos, obedientes;
mi vello,
mi coxis en La Solución.

Domino por fin la embestidura,
la muñeca.
El diablo ha sido perfumado,
la misión.

Endurecida la carne
la parafina invade mi figura.
Mi antigua cáscara completará el arrojo,
el hechizo.

Impávida en el invento,
catapulto mi honor.

Permanecer invicta en cloroformo.
un coágulo,
luego otro.

Descuartizada la matriz,
un frasco la sabrá guarecer

La Solución me fortalece,
una aliada llevo oculta bajo el paño.
Resisto bajo el diluvio.

Natrón,
Tricloros,
Cristales de timol.

Inyectada a sesenta grados en piletones de acero
Me enciendo hacia la gloria.

A mitad del recorrido, se detiene el ascenso.

“Todavía hay mucho por hacer,
todavía hay mucho dolor que mitigar,
todavía hay muchos que sufren”

Se reanuda el ascenso.

¿Qué son seis vestidos?
¿Una tiara para una faraona?
Soportaré las velas del entierro.

Antorchas,
miles de fieles se obstinan en la noche.

Un chispa podría deshacerme,
desfigurar mi prodigio.

Detenida en el otoño,
descubrirán muy tarde las rosas, mi secreto.

Embarazo
embalsamado
embalse amado
el enterrado
ilusionado
esperanzado
esperma alzado
apelmazado

embaldosar
¡Estoy pariendo el grito que me aniquilará!

Embalaje
embajador
embalsamador estrangulador

Lluvia que ostenta la derrota
Permanganato que del cielo quema
Antisépticos claveles urde
Escarapelas y cadáveres

¡Quiero desmayos en mi velatorio!
Sustancia que detiene la putrefacción,
la evita.

Ha llegado a la cima. Un contraluz la envuelve, hasta convertirla en Santa.

Supe que Soledad había estado envenenando a la Señora,
y la furia me envolvió.

¿No se sacrifica, acaso,
al caballo que quiebra sus patas fabulosas?
Mi hermana había saltado una cerca demasiado alta.

Fue imposible detenerme,
permanecer inmóvil.
¿Qué juez podía sentenciarla con mayor claridad?

Hubiese preferido arrancarme los ojos,
antes de ver a mi hermana desfigurada de ese modo por el rencor.
Yo amaba a Soledad.

Los años de servicios habían ya sido suficiente encierro.
La he salvado, arrojándola a las tramperas.
Y he muerto al sobrevivirla.

Porque de eso se trata todo esto:
de amor.

Madame rentaba una habitación a dos cuadras del Sanatorio.
Allí intercambiamos ropas.
Yo debía presentarme antes los médicos durante una hora.
Un jueves, cada quince días.
Simular su arrogancia, lucir sus galas.
Fingir alguna dolencia en la garganta, hablar lo menos posible.

No toleraba que la revisen.
Que violaran su intimidad.

Pero no lo hice,
siempre estuve convencida de mi destino.
Logré envolver a todos con mi actuación.

Esa piedra en el útero,
de la que se jactaba, no le pertenecía.

Nunca tuve el coraje de contárselo a mi hermana.
Habíamos jugado demasiadas veces a ser la Señora de la casa.
Viví mi cáncer delante de sus ojos,
una hora cada quince días.

Ha sido imposible detenerme.

Desciende un marco dorado que la envuelve.

Ya va desmoronándose.
Ya es inseguridad los rasgos que amé.

La muerte no se parece a nadie.

Desciende una esfera de espejos que le cubre el rostro.
Cientos de reflejos colman la platea.

TELÓN

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