1963: Los millones de Orofino

1963B

Nombre del espectáculo: LOS MILLONES DE OROFINO
Fecha de estreno: 9 Diciembre 1963

REPARTO
Los Hermanos Mudanza:
Papo: EMILIO BUIS
Pepo: MARCELO AULICIO
Pipo: JULIO LÓPEZ
Popo: ULISES DUMONT

Juan: CARLOS FIORITI
Eusebio Potasa: JUAN CARLOS ALTAVISTA
Susana de la Bondré: DIANA MAGGI
Julieta, su mucama: SILVIA THUMIN
Adolfo, el peluquero: JULIO LÓPEZ
Inés de Rosendal: ESTHER VELAZQUEZ
Una florista: MARÍA TERESA SUREDA
Un vigilante: MARCELO AULICIO
Un mozo: ULISES DUMONT
Caballero 1: EMILIO BUIS
Caballero 2: JULIO LÓPEZ
Una Dama: GLORIA JAISEN
José del Carmen Orofino: ROGELIO ROMANO
Pepitt: GERMÁN VEGA
Señor Gredan, dentista: TINO PASCALI
Señora Gredan: MERCEDES ESCRIBANO
Batilde Gredan, la hija: AMANDA BEITIA
Blanquita, la mucama: LUCY GAO
Biguré, el farmacéutico: GUILLERMO HELBLING
Un Valet: JUAN CARLOS NASSEL

Las bailarinas del Can-Can:
OLGA FRANCÉS
VERA ELLIOT
LUCY GAO
LIA JELIN
MARIA TERESA SUREDA

Los bailarines del Can-Can:
EMILIO BIUS
MARCELO AULICIO
JUAN CARLOS NASSEI
JULIO LÓPEZ
ULISES DUMONT

Escenografía: CECILIO MADANES y MIGUEL A. LUMALDO
Vestuario y caracterizaciones sobre diseños de: EDUARDO LERCHUNDI
Música de JACOBO OFFENBACH
Coreografía: OLGA FRANCÉS, C. MADANES y E.BUIS
Traspunte: VÍCTOR REY

Diseño de los interiores: LIA ELENA DE ELIZALDE
con la colaboración de CLOVER S.R.L. – Ayacucho 1577
Instalación del Teatro Caminito: H. PROVENZANO, A. RICCI, D. MURINNI
Realización de las Escenografías: A. PANE, P. TAGLIANI
Instalación de luces: ALFREDO GALANTE
Pintura Escenográfica: AGUSTÍN LEMA y RICARDO VAZQUEZ
Realización del Vestuario:
Sra. Diana Maggi (1º y 3º Acto): ESTHER DE MUCKOWOSZ
La capa del 2º y el vestido del 4º: IRMA DE LERCHUNDI
Los vestidos de Esther Velázquez, Olga Frances, Silvia Thumin, Lucy Gao, María Teresa Sureda y las Bailarinas del Can-Can: MARÍA ELENA DE RUIZ
Los vestidos de la Sra. Mercedes Escribano, Amanda Beitia y la capa del 2º Acto de Esther Velázquez: MARÍA ROSA SOLARI
Pelucas: CASA MARZIANO
Zapatos de las Bailarinas del Can-Can: ALFREDO DI SALVO
Los sombreros masculinos: CASA MAPER
Los tocados de las bailarinas del Can-Can: NELLY SAAVEDRA
Los sombreros de las actrices: ESTHER DE SALTZMAN
Mallas: MARÌA LUJÁN LEGUIZAMÓN
Los trajes de los Sres. Actores: VICENTE SERGIO
El frac, camisas y zapatos del Sr. Rogelio Romano: CASA RODHER´S
Todo el vestuario ha sido realizado con telas de la: CASA ROEL
Bijouterie: MARCEL FAGUET
Jefe de Electricista: LUIS M. VOLPE
Técnico de Sonido: GUILLERMO SACCHI
Los efectos de la lluvia han sido realizados bajo la dirección de: EMILIO TEDESCO
Asesoramiento Gráfico: EDGARDO y NORBERTO SENECA
Las casas de la Calle Caminito han sido pintadas bajo la dirección de BENITO QUINQUELA MARTÍN.

El dibujo de la tapa de este programa ha sido diseñado especialmente para el Teatro Caminito por RAÚL SOLDI.

El Mural de la Escenografía del comienzo del espectáculo ha sido realizado por EDUARDO LERCHUNDI.

ESTE ESPECTÁCULO CUENTA CON UN PRÉSTAMO DE $600.000, OTORGADO POR EL FONDO NACIONAL DE LAS ARTES QUE NOS HA PERMITIDO ADQUIRIR TODO EL VESTUARIO, PELUQUERÍA, ACCESORIOS, UTILERÍA, EQUIPOS DE SONIDO PHILIPS, ALMOHADONES PARA LAS SILLAS Y LA MAQUINARIA PARA HACER LLOVER.

Desde su fundación el Teatro Caminito está constituido en forma de cooperativa de trabajo.

Dirección
CECILIO MADANES

SALA
Pasaje Caminito, La Boca

 

 

 

 

FIGURINES
de Eduardo Lerchundi

1. Practicable Teatro Caminito
20 x 17.2 cm
7.87 x 6.77 in

 

2. Millones de Orofino
20.5 x 17.2 cm
8.07 x 6.77 in

 

3. Eugene Labiche
20 x 17.5 cm
7.87 x 6.77 in

 

4. Les Frères Jacques
27.5 x 21.5 cm
10.82 x 8.46 in

 

5. Boceto para practicable
20 x 17 cm
7.87 x 6.69 in

 

EN ESCENA

Julieta (SILVIA THUMIN), Susana (DIANA MAGGI), Adolfo (JULIO LÓPEZ)

 

IMG_7090Julieta (SILVIA THUMIN), Susana (DIANA MAGGI) yJosé del Carmen Orofino (ROGELIO ROMANO)

 

Los Hermanos Mudanza (EMILIO BUIS, MARCELO AULICIO, JULIO LOPEZ y ULISES DUMONT) participaban en los movimientos de la escenografía delante del público

 

Los Hermanos Mudanza (JULIO LÓPEZ, ULISES DUMONT, MARCELO BUIS, MARCELO AULICIO)

 

Cuerpo de baile

 

Desde la platea

 

Teatro Caminito esquina Magallanes

 

Detalle del portón

 

IMG_5599 Lumualdo y Madanes

 

NOTAS PREVIAS

El SÉPTIMO AÑO DE CAMINITO:

Alcanzar una séptima temporada teatral consecutiva, máxime cuando se presentan grandes obras y con éxito, es hecho que podría atribuirse a la nigromancia -hay quienes sostienen que el número siete es cabalístico- ya que muy pocas veces y en muy pocas partes se da una continuidad semejante a la de los espectáculos de Caminito. Pero más que de magia cabe hablar del mago: Cecilio Madanes. Él ha logrado lo que parece imposible lograr: atraer un público cada vez más numeroso; obtener amplio auspicio municipal aún cuando las autoridades comunales no fuesen siempre las mismas; conseguir el apoyo de la industria y el comercio, por lo general remisos en ofrecerlo a empresas artísticas; devolver antes de la fecha de sus vencimientos los préstamos que para montajes le hiciera el Fondo Nacional de las Artes y mantener unida y en cooperativa a su compañía a pesar del suceso -es bien sabido que el éxito desune más que el fracaso. A todo ello debe agregarse el haber constituido para Caminito una familia- formada por 123 familias de La Boca- que le ama, alienta y que se enorgullece de la antorcha que Madanes encendió en una noche de hace siete años y que, al iluminarse, convirtió la cortada del nombre diminutivo en calle grande del espectáculo teatral, calzada que ya conduce fuera de nuestras fronteras y que puede conducir a cualquier lugar del mundo donde se estime lo ingenioso y lo bello representado sobre un tablado .

Por obra de Madanes, ésta cortada boquense se hizo
Venecia de Goldoni por la que corrieron, centellantes, mujeriles, los chismes; en ella Molière vertió su genio que nos proyectó un pícaro: Scapin; se transformó en calle andaluza para que García Lorca nos relatase los avatares de su prodigiosa zapatera; desanduvo el tiempo hacia los días coloniales en los que coqueteaba la difícil viuda de Nalé Roxlo; se pobló de estatuas y fantasmas con el fin de que Gozzi pudiese hacer batir las alas agoreras de su cuervo; y convirtióse en patio de la criolla y porteña familia de Barranco -permanencia de Laferrère.

En esta temporada, la séptima, al barrio boquense, por medio de Caminito, llega el aire de otro barrio en cierto modo semejante -si se tiene en cuenta la bohemia, el mito y la literatura: Montmartre.

Los millones de Orofino -”Le trente millions de Sir Gladiateur”- fue estrenada en París en 1875 cuando aún reinaban el refinamiento y la elegancia. Superada la guerra franco-prusiana las heridas que dejó se habían cicatrizado contribuyendo no poco a ello la gracia y el ingenio de los artistas de la época entre los cuales Labiche ocupa un lugar destacado. Offenbach le aportó sus melodías nacidas de un feliz maridaje musical de Viena con París. Ahora, en traducción de un gran conocedor del “esprit” francés: Luis Saslavsky y con puesta en escena del creador de Caminito, París, en esta cortada, habita Buenos Aires. Pero aún cuando en la pequeña calle se cambien las fachadas y la pueblen otros y exóticos personajes no pueden escapar de ser Caminito de La Boca. Deseamos que Madanes continúe en él otros siete años. Y que éstos sean también como los primeros del sueño de Faraón.

ALBERTO DE ZAVALÍA

ALBERTO DE ZAVALÍA (1911-1988) fue guionista, director y productor de cine. Su obra más significativa “El límite” es una tragedia basada en los episodios de 1845 cuando la dama tucumana Fortunata García se atreve a rescatar y sepultar la cabeza de Marco Avellaneda, degollado por los mazorqueros, expuesta en una pica por orden del general Oribe. Alguna de sus obras como director cinematográfico: “Los caranchos de La Florida”, “Rosa de América”, “Veinte años y una noche”, y “Malambo”.

 

PRENSA

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Talía

LOS MILLONES DE OROFINO

En fluida traducción de Luis Saslavsky, “Los millones de Orofino” es un grato espectáculo llevado a todo vapor por Cecilio Madanes. Los casi noventa años que median desde su estreno no han debilitado para nada el impacto festivo de la deliciosa comedia-vodevil de Labiche. En lo atinente a la música de Offenbach, bien reproducida a plena orquesta, no hace mas que darle color a la producción que cuenta, además, con indudables aciertos.

La máquina para hacer llover sirve, al mismo tiempo, como embocadura para el escenario dentro del cual se mueven los cubos que ideó (ya se nos pegó el término madanesco) el director en pasadas puestas y que esta vez vuelven a demostrar su eficacia.

Escenografía, trastos y vestuario limitados al gusto de la época. Tablado despejado al máximo para permitir mayor despliegue. Buen maquillaje, excelente cuidado técnico, ingeniosa utilización de la precipitación atmosférica (casi nada como sinónimo de lluvia para no repetir lluvia, ¿no?).

Menciones especiales a Lumaldo, autor, con Madanes, de las maquetas y a Lerchundi como figurinista. Las luces, en manos de Galante y Volpe, iluminan a rajante y casi siempre blanco sol con certero efecto evitando así prescindibles juegos de matices o sombras.

La historia de “Les millions de Gladiateur” no es tal sino simplemente la consabida serie de equívocos, personajes en todas las napas sociales y el infaltable y movido final feliz con can-can que, sin un deslumbrar, está muy aceptablemente regenteado por, entre otros, Olga Francés.

Infinidad de pequeños detalles: el cuidadoso acento mejicano de Romano, sin exageración, la presencia a un costado del tablado de una institución francesa que creó sorpresa primero y luego hilaridad y cuyo equivalente no existe. Además, es harto difícil explicar públicamente su utilización, de evidente solaz para preocupadas personas, sin caer en términos chocantes, y tantos otros.

Los hermanos Mudanza en calco feliz de los Frères Jacques hacen un poco de todo y bien. Entre ellos destaca su excelente mímica Ulises Dumont, uno de los egresados de este año en la Escuela Nacional de Arte Dramático. Diana Maggi, sin esforzarse mayormente y con entonaciones a la Merello, es una pizpireta Susana de la Bondré. Carlos Fioriti sobreactua su lacayo transformado en tío. Correcta Esther Velázquez, aunque también cargue un poco las tintas. Amachietado Germán Vega, inauténtica Mercedes Escribano, muy eficaz para variar Tino Pascali. Como siempre, adecuado y dúctil Guillermo Helbling que salta con facilidad de galán a actor de composición. Amanda Beitía logra, a su vez, otro de sus felices medallones.

Dos palabras finales para Rogelio Romano y Juan Carlos Altavista, en este orden. El primero, por su notorio empeño y desusado avance como actor hasta corporizar con planta, aplomo y relieve su Orofino. En cuanto a Juan Carlos Altavista, su entrega al papel es constante hasta dar la impresión de divertirlo, que es el mejor elogio que podemos hacer a la exhuberante y difícil parte de Eusebio.

En suma: en su séptimo año y en nueva faceta, Caminito sigue deparando agradables momentos bien compaginados por su creador-organizador-director, Cecilio Madanes, quien sigue ideando cosas (de alguna forma había que injertar la palabra clave…).

E. A. S.

 

PIE DE FOTO 1: “El escenario de la obra de Labiche reproduce aspectos de la plaza de Furstenberg, donde viví cuatro años”, acota Cecilio Madanes con humor. Alli, bajo una lluvia que moja de verdad, Juan Carlos Altavista, Amanda Beitía, Tino Pascali y Mercedes Escribano.

 

PIE DE FOTO 2: En la cabina de dirección, Cecilio Madanes y Miguel Angel Lumaldo. Ambos parecen conducir un barco y, en cierto modo, el espectáculo de Caminito se contagia de la fluidez del río cercano.

 

POR LOS PASOS DE CAMINITO

De Caminito -el teatro que el ojo artístico de Madanes situó en la Boca- no puede decirse, como en el tango, “He venido por última vez”. Al contrario, volver a la calle que respira cerca del río es casi un rito que los porteños cumplen con unción, seguros de que el mensaje de arte y el fervor de Cecilio Madanes los alcanzarán como todos los otros años. Y es cierto. Este director -argentino, 40 años, activa presencia desde 1945 con “La farsa del Maltre Patheline”- sabe unir lo popular y lo culto, lo pintoresco y lo auténtico en una sintesis de funcionalidad. Asesor artístico de Mario Soffici y Luis Saslavsky, obtuvo la primera beca que el gobierno francés otorgó a un argentino para estudiar teatro en París.

-Me quedé ocho años, aunque fui por pocos meses. Allí hice de todo menos teatro: TV, cortometrajes, ven di coches, adorné vidrieras, dibujé pañuelos para Hermès y Schiaparelli -explica Madanes, que no es hombre de permanecer en tierra -¿será por eso que la elude pisando sobre la madera del escenario?- y en 1954 organizó la Primera Exposición Flotante de Pintores Argentinos. En África del Sur, India, Estados Unidos, se compraron cuadros nacionales.

Este destino original signado por la mejor inquietud, lo llevó a inaugurar en 1957 el teatro Caminito. Goldoni, Molière, García Lorca, Nalé Roxlo, Gozzi, Laferrère y ahora Eugène Labiche son los nombres que eligió el discípulo de Jean Renoir y Louis Jouvet para un público que iba a contar con estrellas por reflectores y con vecinos amables convertidos en escenografías vivas.

Pero todo lo superó el empuje de Madanes: esta séptima temporada, con una cooperativa de actores, sin subvención estatal y un sueldo mínimo de 10.000 a 12.000 pesos, es el rostro del éxito para el que colaboran un óptimo equipo de sonido y las 700 sillas que donaron 700 amigos. Para ellos se les ofrece una avant-première como recuerdo eficiente de su generosidad.

-¿Cuál es el enemigo de Caminito? El tiempo: si llueve, gentilmente los actores saludan al público y los invitan a concurrir otro día, como sucedió más de una vez. Con todo, 180 funciones por temporada, con un total de 100.000 espectadores, demuestran que el interés por el teatro no es menor que la tan famosa cifra que se le adjudica al fútbol.

Es ahora Eugène Labiche -francés, nacido en 1815, autor de “Un sombrero de paja de Italia”, padre del voevil y responsable del estreno de “Los millones de Orofino”, en 1874, con la joven Sarah Bernhardt- quien mueve su gracia en un género que siempre tiene actualidad.

La traducción de Luis Saslavsky, la interpretación de Diana Maggi y un homogéneo grupo encabezado por Juan Carlos Altavista, Carlos Floriti, Guillermo Helbling, Rogelio Romano -que inició en “Los chismes de las mujeres”, donde pronunció exactamente 10 palabras- y Amanda Beitía, permiten que la frescura de los disparates de Labiche llegue con su dosis de picardía. Ingenua picardía de terciopelo, de oropel, de can-can, donde finalmente todos se regocijan en el “happy-end”.

-Un director necesita cultura, sentido práctico y sentido estético- comenta Madanes.

-¿Cuál es para un teatro como Caminito el mejor actor?

-Aquel que posee paciencia para entenderme, fe en mis indicaciones y una buena preparación profesional. A veces mi falta de método los exaspera, pero cada actor me ofrece otro problema. No es lo mismo Luis Arata que Amelia Bence o Nélida Roca que Aída Luz.

-¿Cuál es el mejor público?

-El que está fuera de mi país, porque los aplausos de Brasil o de Chile nunca se oirán en la Argentina -comenta Madanes.

Y concluye: El peor público no lo conozco, todos son positivos. Aunque silben. Claro que eso aquí no ocurre, como en España, por ejemplo. Pero creo que el éxito lo hace siempre el público más que la critica. Por eso sólo puedo trabajar cuando soy público y me enamoro de lo que hago.

Ese entusiasmo no logra registrarlo ningún contrato. ¿Acaso eso me impide trabajar en cine y en TV? Ahora estoy fantaseando con mi próximo Caminito: tres épocas del tango, donde esas casas que vemos todos desde el escenario se abren para hablarnos.

I. M.

 

Diana Maggi y Rogelio Romano.

 

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Los Hermanos Mudanza -E. Buis, M. Aulicio, J. López y U. Dumont y Lucy Gao -la mucama- ambientan la obra que Labiche escribió en colaboración con el periodista Philippe Gile, para darle un color “fin de siècle”.

 

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“La escenografía y la decoración que hemos conecebido con Miguel Angel Lumaldo y Lía Elena de Elizalde debían recordar a esos libros de chicos que al abrirse como una caja de sorpresas corporizan las escenas que se narran”, explica Madanes. Y así, con su sugestión de un París de cuento, aparecen en una acalorada escena que ha de traer consecuencias, Guillermo Helbling -M. Biguré, el farmacéutico- con el señor Gredan y su familia.

 

TEATRO CAMINITO OFRECERÁ UNA OBRA DE LABICHE

El teatro Caminito, que dirige Cecilio Madanes, se apresta a iniciar su temporada de verano en su pintoresco local de la Boca, con la representación de la obra de Eugenio Labiche “Los millones de Orofino”, en versión castellana de Luis Saslavsky.

Diana Maggi, Juan Carlos Altavista, Carlos Fioritti, Germán Vega, Rogelio Romano, Guillermo Helbling, Tino Pascali, Mercedes Escribano, Esther Velázquez, Amanda Beitía, Carlos Albarenga y Julio López tendrán a su cargo los papeles del reparto, e intervendrá también en la misma el ballet de Olga Francés, compuesto de 12 bailarinas, que ofrecerá al final del espectáculo un animado can can bajo la lluvia.

La música será de Offenbach, el vestuario ha sido creado por Eduardo Lerchundi, y la escenografía realizada por Cecilio Madanes y Miguel Ángel Lumaldo.

El próximo lunes 9 se realizará, a las 22, una función especial para los donantes de las sillas de la sala; el martes 10, a la misma hora, una función dedicada a las autoridades nacionales y municipales, críticos teatrales e invitados especiales; el miércoles 11, a las 21.30, la representación será a beneficio de DAFAC, y las del jueves 12 y viernes 13, se dedicarán al Instituto Weisman y Fundación de Investigaciones a la Hematológicas del hospital Ramos Mejía.

Las funciones para el público se iniciarán el sábado 14, y tendrán lugar, diariamente, a las 20 y a las 22.

 

Clarín
OPINA: Teatro

“LOS MILLONES DE OROFINO”: ESPECTÁCULO BRILLANTE

Caminito inauguró su temporada estrenando el vodevil de Eugenio Labiche “Los millones de Orofino” traducido por Luis Saslavsky, con la dirección de Cecilio Madanes, escenografía de éste y Miguel A. Lumaldo, vestuario de Eduardo Lerchundi, coreografia de Olga Francés, Madanes y E. Buis.

Un vodevil no basado en abundantes equívocos, repentismos, sorpresas situacionales, corridas, ocultaciones, posiciones ambiguas, etc., etc., todo salpimentado con un diálogo asaz intencionado lindero con lo picante, no es un vodevil propiamente dicho, sino que encuadra dentro del género de la comedia. A “Los millones de Orofino” le ocurre precisamente eso. Le falta el toque vertiginoso, hasta ser violento, que caracteriza a la línea vodevilesca; carece de apicarado alcance y resulta venerable por sus viejas formas y canosos recursos.

Si bien a Labiche hay que tomarlo en la exacta dimensión de su puerilidad como escritor teatral, resta la posibilidad de no considerarlo como: expresión actual y vigente en materia escénica y, en consecuencia, consideramos que la elección de esta obra, una de las menos significativas de su pluma, no ha sido oportuna ni feliz.

A lo endeble de la pieza, Cecilio Madanes ha respondido con una puesta de gran vuelo. Su reconocido sentido de lo cromático, su buen gusto con respecto a lo espectacular, tienen en la “régie” confirmación plena e innegable.

Una escenografía realmente original, cuajada de recursos inteligentes y prácticos, funcional, decorativa, visualmente agradable, forma el ambiente, lo apoya para recreo de los ojos y lo ubica con exactitud en época. Un vestuario de singular riqueza a la que se une delicada, concepción tanto en el diseño como en los colores, resulta halago para la mirada. Y eso es el espectáculo en principio y fin, matizado por algunas evoluciones bailables que culminan en un can can final de rápido desarrollo. Algunos compases de Offenbach -demasiado repetidos- sirven de fondo y cortina musical.

Al hablar de Madanes hemos empleado ex profeso el galicismo “régie” para calificar su faena. Es aproximadamente lo exacto, ya que el conductor preocupado por el efecto total, dejó un poco de lado la dirección propiamente dicha, sobre todo en lo que atañe a la marcación de actores.

Es así que se escuchan voces de los más diversos volúmenes, tesituras y tonos, con proclividad a lo estentóreo y muy pocos matices, que no pueden justificarse arguyendo que se trata de un teatro al aire libre.

Adviértese, además, una excesiva movilidad que -como comentábamos con un distinguido colega- no es acción, aunque sospechamos que ha sido concebida, justamente, en función, de tal.

Por último, nótese que no se ha corregido el quebrantamiento de la línea de actuación y los comediantes difieren bastante entre sí en cuanto al juego escénico dando sensación de heterogeneidad a la representación.

Diana Maggi, graciosa, con los recursos que le son conocidos. Juan Carlos Altavista, desenvuelto y en plano actual. Rogelio Romano, exuberante como lo requiere el papel, Carlos Fioriti, un tío de antes. Tino Pascall, eficaz, se apoyó en los medios de la escuela tradicional porteña. Guillermo Helbling, que compuso bien, no tuvo sino pocas intervenciones. Silvia Thumin y Lucy Gao, dos mucamas realmente pizpiretas. Mercedes Escribano y Amanda Beitía, un par de burguesas aceptables. Germán Vega pudo sacar mayor partido de su personaje. Otros muchos que por razón de brevedad no se nombran, complementaron bien.

Pero debe señalarse, mencionándolos, la eficaz tarea cumplida por Emilio Buis, Marcelo Aulicio, Julio López y Ulises Dumont, los cómicos y graciosísimos mimos que con gran plástica hicieron los cambios de decorado y bailaron, además, con suficiencia. El ballet de Olga Francés muy agradable, aunque en el final convendría mayor ajuste.

En síntesis, podría resumirse nuestra opinión sobre la puesta de “Los millones de Orofino”, diciendo que estimamos desproporcionado esfuerzo el empleado en escenografía y vestuario, aplicado a una obra pasatista. No obstante y en honor de Madanes, pensamos que conserva intacto su entusiasmo y capacidad para montar grandes espectáculos.

 

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Los millones de Orofino: Un centenario vaudeville de Eugenio Labiche, acerca de las andanzas del millonario mexicano Orofino, enamorado de Suzanne, una cocotte de alto vuelo a quien también persigue un humilde empleado de farmacia. Lo mejor está en la lujosa y prolija reconstrucción de época y en las afinadas caracterizaciones de Juan Carlos Altavista, Tino Pascali y Amanda Beitia. Cecilio Madanes regula el suntuoso mecanismo con precisión (Caminito).

 

 

EL PARÍS DE EUGENIO LABICHE EN UN COLORIDO ESPECTÁCULO DE CAMINITO

La nueva temporada de Caminito, en la Boca, se ha iniciado con un vodevil de Eugenio Labiche, “Les millions de Gladiator”, denominado en la traducción de Luis Saslavsky “Los millones de Orofino” Labiche fue un fecundo maestro del género, y aun cuando se dice que contó siempre con colaboradores consecuentes, la verdad es que la destreza para manejar los equívocos, la gracia del diálogo y el ritmo animado con que movió los personajes de sus comedias, le pertenecen exclusivamente.

Es cierto que a veces aprovechó la idea de otros, pero supo utilizarlas con acierto, tal como en “Chapeau de paille d’Italie’, cuya popularidad (recordemos la deliciosa película de René Clair) resulta obvio señalar. Labiche vivió en una época singularmente propicia, en ese clima frívolo y luminoso del París de fines de siglo, cuando las tragedias escalofriantes de Sardou o los dramas de ideas de Brieux o Becque oponía él la pausa de una risa amplia y burguesa, tal como lo hacían otros colegas y, entre ellos, Meilhac y Halevy, que tan pronto surtían de libretos a George Bizet como a Offenbach, que desde el escenario de les Bouffes Parisiens, envolvía en su música jocunda a los auditorios de 1875.

“Los millones de Orofino” no es, desde luego, de las más afortunadas piezas de Labiche, y resulta un tanto ingenua su trama y su realización (los apartes de los personajes, los recursos a veces de una primaria comicidad), pero es innegable su maestría, enfocándola desde su tiempo, para manejar los resortes sorpresivos y las situaciones regocijantes.

Por otra parte, su ambiente y sus tipos le han permitido a Cecilio Madanes montar un espectáculo pleno de vida, de color y de indudable atracción, refirmando sus dotes de realizador experto y prolijo.

Por momentos, el escenario tiene la visión y el encanto de evocativas acuarelas de época. Desde la armoniosa combinación cromática del vestuario hasta el buen gusto de los decorados, cuyo cambio se ofrece a la vista del público, mediante combinaciones ingeniosas, de una exacta funcionalidad (una lluvia tan auténtica como la de estos días, por ejemplo), nada se ha omitido para que la representación resultase suntuosa, brillante y, al mismo tiempo, entretenida, con su cambiante panorama de personajes y ambientes de un París optimista, agitado por el frenesí del “Can-can” del “Orphée aux enfers”.

Una excelente ampliación sonora y luces bien combinadas, complementan el favorable saldo de “Los millones de Orofino” cuyo extenso reparto destaca a Diana Maggi, contenida, elegante y dúctil; a Juan Carlos Altavista, de una comicidad inteligentemente dosificada; a Carlos Fioriti, Tino Pascuali, Germán Vega, Guillermo Helbling y Mercedes Escribano, todos muy eficaces; no así Esther Velázquez, excesivamente gesticulante. Excelente el ballet de Olga Francés y acertadas las caracterizaciones de los actores.

 

UN VODEVIL DE EUGENE LABICHE VIOSE EN CAMINITO

El número de piezas que escribió Eugène Labiche es un misterio que ha desconcertado hasta a los eruditos más prolijos, y guiarse por su “Theatre complet”, sería un error porque hay allí menos de cien, y hay quien sostiene que el número es superior a trescientas. Lo cierto es que de esta vastísima producción no todas las obras son memorables, y mucho nos tememos que “Los millones de Orofino”, que acaba de presentar Caminito en la calle homónima, no se cuente entre las más felices.

Los vodeviles se sostienen, sobre todo, por el chisporroteo verbal unido a una acción muy rápida que es la que corresponde al género, basado en los equívocos. En este caso, el texto no es exageradamente gracioso, y pese al esfuerzo de los actores cuyos nombres, así como los de los demás responsables, no podemos consignar debido al alto precio que se nos exigió por el programa en la noche dedicada a donantes de sillas e invitados y el director por animar la escena, no hubo muchos espectadores que se divirtieran demasiado.

Pero lo cierto es que el público va a Caminito a solazarse con el ambiente cordial de la fascinante callejuela boquense, con sus balcones policromáticos atestados de gente que verá decenas de veces lo que sea, con su clima de puerto y su dejo bohemio. Por ello, no importa demasiado lo que allí se represente, siempre y cuando el espectáculo sea movido, y en esta oportunidad, el director le dio un ritmo vivaz y el encargado del vestuario ideó un ropaje espléndido para todos los actores y actrices. Si a ello se agrega una pizca de reminiscencia de Francia, el saldo es positivo, aunque, desde luego, se ha ya bajado la puntería en comparación con el año anterior.

 

PRESENTAN UN VISTOSO VAUDEVILLE EN CAMINITO

Eugene Labiche es, quizá, el nombre número 1 del “vaudeville” autor de aquella joya del género que se llama “El sombrero de paja de Italia” difundida en el mundo entero por la película del mismo título que realizara René Clair en 1927.

El teatro Caminito, que dirige Cecilio Madanes, ha querido revivir la “Belle époque” presentando otro “vaudeville” del mismo autor, “Los millones de Orofino” historia de “cocottes”, de extranjeros millonarios, de pequeños burgueses parisienses y de falsos nobles, como correspononde a ese mundillo que la sátira del “vaudeville” suave y amable, presenta en su modo peculiar.

Pero, ¿cómo es ese mundillo? Porque cuando se dice “vaudeville” se es más claro para el público que ya pasó los cincuenta años que para el resto. Porque ese universo de intrigas amorosas y financieras, de deudas de honor, duelos y torneos de elegancia y habilidad sociales; ese universo de empleados que quieren pasar por nobles y de nobles que se lían en amores con empleadas o modistillas; ese universo que dio nacimiento a la expresión “mujeres de vida alegre” está abolido y solo vive en oscuras nostalgias. Para el público argentino de relativa juventud se trata de un extraño plano aludido por letras de, tango olvidadas o que alguna vez escucha por azar y sin comprender más que, a medias.

Se trata de algo tan antiguo casi como la corte de los faraones, porque su antigüedad se mide en distancias relativas con respecto a los valores -positivos y negativos- en cuya vigencia se mueve el hombre contemporáneo. Y el espectador más o menos joven asiste a la animación de un mundo de fantasmas, algunas de cuyas claves de comprensión no posee. De allí que lo único que puede interesarle en el espectáculo presentado esta vez por Madanes son el colorido, el ritmo y la evocación de época. Sin que en ello intervenga para nada su sensibilidad más profunda. Por todo lo dicho se comprenderá que éste es el espectáculo mas liviano que haya presentado Caminito hasta ahora en sus siete años de existencia brillante.

Claro está que no resulta inusitado o incomprensible que se represente allí este “vaudeville”, porque Caminito se inclinó siempre -razones lógicas así lo indicaban- hacia el espectáculo por encima de todo. Y Labiche brinda la oportunidad de hacer un esfuerzo en ese sentido con resultados indiscutibles.

Dentro de la línea que señalamos la presentación de Madanes tiene tres grandes aciertos: la escenografía, el vestuario y la coreografía. Todo la que es marco y ambiente está logrado en el plano del buen gusto, del color y de la reconstrucción acertada. En ese sentido la música de Offenbach que se incluye se incorpora con armonía absoluta al resto.

Tres grandes cajas montadas sobre ruedas, constituyen el núcleo de la escenografía. Cuatro integrantes del elenco las retiran o adelantan hacia el público, a medida que se va haciendo necesario. Pero lo ingenioso es que esas cajas son otros tantos cubos desplegables en cuyo interior se crea una habitación ambientada con mobiliario y elementos decorativos de una riqueza y propiedad evocativas realmente notables.

Una vez utilizado el cubo se cierra y en la pared opuesta tiene otro elemento del decorado, esta vez un frente. Los tres cubos reunidos con esa pared de exterior hacia el público, componen un típico “carrefour” parisiense, que se completa con las buhardillas techadas con pizarra’y con un farol que se coloca en el centro de la escena. Un café, una farmacia y la entrada de un teatro dan lugar a las exigencias de acción del texto.

Ese ingenioso y eficaz sistema escenográfico se combina con el excelente vestuario para constituir la recreación de época y lugar quizá más notable de toda la temporada. Es evidente que este “vaudeville” ha sido vestido con un lujo y una propiedad que envidiaría el director de un teatro de París.

Son responsables de la escenografía el propio Cecilio Madanes y Miguel A. Lumaldo; de vestuario en general y de las caracterizaciones, Eduardo Lerchundi, de la decoración de interiores, Lía Elena de Elizalde y de la coreografía, Olga Francés, Cecilio Madanes y E. Buis.

Sobre la coreografía digamos que tiene dos aspectos: los movimientos coreográficos que en distintos momentos realizan los intérpretes para acordar a la puesta en escena ese tono burlesco, casi de “music-hall” que la caracteriza, y, por otro lado, el “can-can”, que se baila al final, y que si no es un “can can” con todas de la ley, por lo menos es el mejor estilizado que hemos visto en nuestros escenarios en los últimos tiempos.

Claro está que estas consideraciones demuestran por sí mismas donde se ha puesto el acento en este espectáculo. Entre los intérpretes nos decepciona bastante Diana Maggi,
cuya acción es muy primaria y cuya manera de hablar carece del sentid
o de estilización que se hubiese requerido para armonizar con la orientación que se dio a la pieza.

En cambio, Rogelio Romano, en el papel del millonario mexicano José del Carmen Orofino, cumple una labor destacable. Consigue dar a su personaje la fogosidad y el acento necesarios, combinando gestos, exclamaciones y desplazamientos sobre la escena rigurosamente coherentes. Muestra, asimismo; elegancia.

Juan Carlos Altavista -Eusebio Potasa- también exhibe espontaneidad y gracia, así como una encomiable sobriedad. Guillermo Helbling hace bien lo suyo en el papel de Biguré, el farmacéutico amanerado, mostrando condiciones cómicas que faltan a Germán Vega, cuyo Pepitt es forzado y nada convincente. Carlos Fioriti vuelve a acertar con su reconocido oficio en el papel de Juan, Julio López compone un gracioso personaje de peluquero afectado.

Esther Velázquez hace una Inés devoradora de hombres, que por las exageradas voces que esgrime parece más bien una “ogresa”. Tino Pascali compone gratamente a Gredan, el den
tista, flanqueado con igual nivel por Mercedes Escribáno, en la señora Gredan. Se destaca
Amanda Beitía, componiendo a la hija del señor Gredan con excelente vis cómica ünida a una simpatía escénica cabal.

Un párrafo aparte merecen Emilio Buis, Marcelo Aulicio, Julio López y Ulises Dumont, que personifican a Papo, Pepo, Pipo y Popo, inspirados visualmente y en sus, movimientos en las presentaciones del célebre conjunto de los “Frères Jacques”, y que son quienes se
encargan de “mudar los decorados y compaginar el clima de la presentación entre cuadro y
cuadro.

E. E.

 

“LOS MILLONES DE OROFINO”: UNA FIESTA DE COLOR, MOVIMIENTO Y FUNCIONALIDAD

En el teatro Caminito, y en una traducción de Luis Saslavsky, se estrenó la pieza de Eugene Labiche “Los Millones de Orofino” que contó con escenografia de Cecilio Madanes y Miguel A. Lumal do, vestuario de Eduardo Lerchundi, coreografía de Olga Francés, Madanes y Emilio Buis, y dirección general de Cecilio Madanes.

Un espectáculo destinado a impresionar favorablemente a solo uno de los dos sentidos a que está destinado: el de la vista, porque auditivamente es muy poco lo no olvidable de la obra de Labiche y de la versión que de ella nos brindó el elenco de Caminito. Para clarificar este último concepto, que atañe a los intérpretes y al director, es conveniente señalar que el error arranca desde el punto de partida: la elección de la pieza, dado que “Los millones de Orofino” (Les trente millons de Gladiador”, en el original) ni siquiera puede ubicarse entre las más logradas creaciones del autor francés, cuyas luces de dramaturgo no fueron muy excelsas por cierto.

Las escasas situaciones con algún ingenio de que está dotada la obra han sido elaboradas en forma tan antojadiza y convencional que caen en el común denominador de desnaturalización que caracteriza toda la trama, también desvalida en cuanto a diálogo, el que tampoco es ejemplo de inteligencia, sino de insulsez y vacuidad.

A Madanes no le interesó aligerar estas imperfecciones dándole brillo al trabajo interpretativo, se preocupó esencialmente por el aspecto visual, en función dinámica. Y ello condujo a la libertad de criterio que aplicaron los actores en tonos y en la mímica, que derivó en desaforamientos y gesticulaciones que perjudicaron el juego escénico.

Muy distinto, en cambio, es el calificativo con que deben juzgarse los otros aspectos de la puesta: escenografia, vestuario, coreografía. En ellos, sí, Madanes dio rienda suelta a su imaginación – de cuyo sentido estético ha dado numerosas pruebas -, y pergeñó una verdadera fiesta de color, movimiento y funcionalidad. Todos fueron hallazgos: la policromía y riqueza de los trajes (y su exacta ubicación temporal); el brío y la justeza de los desplazamientos, y la propiedad, ingenio y belleza con que fue resuelto el marco de la acción.

Con respecto al elenco, y tomando en especial consideración el reparo apuntado a su conducción, dentro de su heterogéneo desempeño, puede destacarse la labor de Diana Maggi y Juan Carlos Altavista, ambos son desbordes y enteramente en personaje; Rogelio Romano tuvo altibajos, al igual que Germán Vega, en tanto que Carlos Fioriti compuso acertadamente el pintoresco tío. Bien, Tino Pascali y Guillermo Helbling, y particularmente destempladas, Esther Velázquez y Mercedes Escribano. Emilio Buis, Marcelo Aulicio, Julio López y Ulises Dumont, como danzarines y mimos, cumplieron una excelente tarea, juicio que también alcanza aunque en menor proporción, al resto del cuerpo de baile.

Resumiendo y vaticinando “Los millones de Orofino”, por su sola calidad de regalo para los ojos (mérito exclusivo del “clan” “Caminito”), constituirá, casi seguramente, un éxito de público.

LAIR.

 

Estreno

LA RIESGOSA ELEGANCIACIA

Caminito es una institución, y su creador, Cecilio Madanes, otra. Como tales, ambos tienen su tradición, sus convenciones y sus reglas de juego. Para disfrutar plenamente de sus espectáculos hay que saber plegarse a esas normas, la primera de las cuales enseña que Madanes es, ante todo, un showman de indeclinable aliento, un concertador de factores, un hombre para quien lo primero en teatro es la visualidad y el despliegue, asistidos por infalible buen gusto.

El vaudeville de Labiche que presenta ahora, entre las abigarradas casas y los feos monumentos de la calle Caminito, no es una excepción a la regla. Madanes se ha rodeado de talentos que aseguran la eficiencia superficial del espectáculo (no pretende más, por otra parte): Eduardo Lerchundi, con su casi mágico poder de evocación poética y exacta de una época, a través del fastuoso vestuario y las idóneas caracterizaciones; Lía Elena de Elizalde, admirable decoradora de los interiores; Olga Francés, en la divertida coreografía; y el propio director, con Miguel Lumaldo, en la ingeniosa concepción de los cambios escenográficos, evocadores de París (incluyendo el bellísimo lampadaire de la plaza Furstenberg).

El texto de Labiche no alcanza las excelencias de Un sombrero de paja de Italia, por ejemplo, y se mantiene dentro de la travesura de líneas mas gruesas. Lo que vale es el partido que se saca de situaciones y personajes; en tal sentido, la labor de Madanes es óptima. No podría haberse bordado con mayor sutileza y elegancia alrededor de la nada absoluta.

La interpretación oscila entre las prolijas y límpidas composiciones, muy sagaces, de Juan Carlos Altavista, Tino Pascali y Amanda Beitía, y la ineptitud evidente de Diana Maggi y de bailarines y bailarinas metidos a actores. En el término medio quedan las caricaturas, por lo común simplemente viscerales, de Rogelio Romano, Germán Vega y Guillermo Helbling. Carlos Fioriti empieza con una macchietta y termina con un loable trabajo de comedia brillante.

Los altibajos son más obvios en las dos últimas partes del show y culminan con el can-can final, de dudosa eficacia y frecuentado con exceso por los directores argentinos en los últimos años. Es fluida la traducción de Luis Saslavsky.

24 de diciembre de 1963

 

PANORAMA

EL CAMINITO DE LOS MILLONES

La explosiva alegría del Can-can de Jacobo Offenbach pone punto final a Los millones de de los Orofino, de Eugenio Labiche, estreno a cargo del teatro Caminito bajo la dirección de Cecilio Madanes.

La condesa Susana de la Bondré, una cocotte emprendedora, se ha propuesto pescar un marido millonario, y encuentra que Orofino, un americano bien satirizado por el autor, es el candidato ideal. Para conseguir sus fines, Susana debe asumir una apariencia respetable, y necesita los servicios de un “tío” aristocrático y hábil. Urgida por las circunstancias, se ve obligada a pedir a su criado que asuma ese papel, y comienzan entonces a sucederse los enredos.

Treinta y ocho personas, incluyendo a doce bailarines, componen el elenco de Cecilio Madanes, quien se multiplica como director, coreógrafo (junto a Olga Francés y a Emilio Buis) y escenógrafo (con Miguel Antel Lumaldo). El vestuario de la época fue diseñado por Eduardo Lerchundi.

A pesar de contar con el auspicio de la Municipalidad, la obra costó cerca de un millón de pesos, cifra que obligó a Madanes a recurrir al Fondo Nacional de las Artes (que le otorgó $ 600.000) y a avisadores generosos. Sin embargo, Madanes está seguro de recuperar con creces la inversión. Mucho ayudará en ese sentido la participación en el papel principal de la ágil y atractiva Diana Maggi, y la actuacIón del eficiente Juan Carlos Altavista, quienes con Eugenio Romano, Carlos Fioriti, Germán Vega, Tito Pascali, Mercedes Escribano y Amanda Beitía, componen la plana mayor del elenco.

-Algunos me preguntan por qué insisto en dar comedias -dice Madanes-. Una razón es que me siento cómodo en ellas; y otra, no menos importante, que no puedo castigar todas las noches a los trescientos vecinos cuyos balcones y ventanas dan al teatro Caminito, con una tragedia de tintes sombríos…

PIE DE FOTO: La condesa de La Bondré (Diana Maggi), baila y busca un “candidato” tierno. (Caminito: “Los millones de Orofino”)

 

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C. A. B.

ACTORES DEL TEATRO CAMINITO REALIZARÁN UN DESFILE ESTA TARDE

Los integrantes del teatro Caminito, que funciona en el barrio de la Boca y que interpreta la obra “Los millones de Orofino”, de Eugène Labiche, con la dirección de Cecilio Madanes, realizarán hoy un desfile por varias calle
s de la zona céntrica.

Las carrozas, que partirán a las 16.30 del local del teatro, ubicado en la calle General Lamadrid 780, tomarán por las calles Patricios, Paseo Colón, Avenida de Mayo, Callao, Avenida Santa Fe y San Martín.

 

LOS ARTISTAS DE “CAMINITO” POR LA CIUDAD

Los integrantes del Teatro Caminito, con el vestuario que usan en la representación de la pieza de Eugène Labiche “Los millones de Orofino”, realizaron ayer un desfile por diversas calles porteñas, despertando simpática curiosidad del público.