Mil francos de recompensa, 1966-67

Nombre de la pieza: “Mil francos de recompensa”

Temporada: 1966-67

Fecha de estreno: 19 de diciembre de 1966

Autor: VÍCTOR HUGO

VÍCTOR HUGO (1802-1885) Escritor, poeta y dramaturgo francés.  Sus novelas  de enorme éxito son “Nuestra Señora de París”, 1831 y “Los miserables”, 1862. En Teatro expuso su teoría del Drama romántico en la introducción de “Cromwell”, 1827. Y en “Ruy Blas” (1838). Su compromiso político y social le valió una condena al exilio durante los veinte años.  “Mil francos de recompensa” corresponde a 1934.

Traductor: LUIS SASLAVSKY

Publicación en idioma original.

Síntesis argumental:

La acción en París durante el Carnaval. Invierno de 1825

Melodrama en cuatro actos con un solo intervalo de 10´ entre el 2º y el 3º acto.

La inocente Cipriana (SILVIA MERLINO) y su madre Estevita (IRMA CÓRDOBA) están banca rota. Rouseline (TINO PASCALI), es un inescrupuloso hombre de negocios que acepta condonarles la deuda, a cambio que la joven acepte casarse con él.

La deuda es injustificada, y ambas mujeres lo ignoran. Pero gracias al vagabundo Glapieu (FERNANDO VEGAL) el engaño es develado y la justicia triunfa.

Reparto por orden de aparición:

Cipriana, hija de Estevita: SILVIA MERLINO

Glapieu, vagabundo: FERNANDO VEGAL

Estevita, hija del Mayor Gedoudard: IRMA CÓRDOBA

Scabeau, alguacil: MIGUEL PADILLA

Esbirro 1º: FACUNDO BO

Esbirro 2º: HORACIO PEDRAZZINI

Rousseline, hombre de negocios: TINO PASCALI

Edgardo Marc, enamorado de Cipriana: EMILIO COMTE

Mayor Gedouard: ZELMAR GUEÑOL

Máscara, Rey de Heyes: OSVALDO DE MARCO

Máscara, Pierrot: ABEL FERRÉ

Máscara, Amor de amar: AMANDA BEITIA

Máscara, Juego Nocturno: EDELMA ROSSO

Máscara, Suspiro Tierno: ELIDA MARLETTA

Máscara, Fantasía: AURORA PICON

Pegador de Afiches: NELSON DUFAU

Policía: OSVALDO GUZZI

Ropavejero: JUAN A. VOZZA

Tancredo de Pontresme, juez: ROGELIO ROMANO

Barutín, diputado: LUCIO DEL VAL

El barón de Puencarral: JUAN CARLOS PALMA

Ayuda de cámara: JUAN A. VOZZA

Criado 1º: FACUNDO BO

Criado 2º: HORACIO PEDRAZZINI

Ujier del Tribunal: OSVALDO DE MARCO

Escribano: OSVALDO GUZZI

Gendarme 1º: ABEL FERRÉ

Gendarme 2º: NELSON DUFAU

Puesta en Escena y Dirección General: CECILIO MADANES

Colaboradores:

Escenógrafo: MIGUEL ANGEL LUMALDO

Vestuarista: CLAUDIO SEGOVIA

Asistentes de Dirección: HÉCTOR J. ARAGONEZ y NENÉ BAGNASCO

Asesor Musical: RICARDO TURRO

Grabaciones al piano: CARLOS FLEMATI

Asesoramiento Artístico Gráfico: GUILLERMO DE LA TORRE

Equipo Luminotécnico propiedad del T. Caminito: FAZZALARI RUIZ DIAZ

Equipo Sonoro propiedad del T. Caminito: CASA PHILIPS

Jefe Electricista: LUIS M. VOLPE

Instalación del Teatro Caminito: A. RICCI – D. MURINI

Instalación de las Luces: ALFREDO GALANTE

Realización Escenográfica: A. PANE y P. TAGLIANI

Pintura Escenográfica: AGUSTÍN LEMMA

Realización del Vestuario: MARIA ELENA DE RUIZ

Realización de los trajes de: Juan C. Palma, Emilio Comte, Tino Pascali y Miguel Padilla: PASCUAL MONTECALVO

Sombreros: SANTOMAURO

Zapatos: FISSOUNE

El vestuario ha sido realizado con telas de: ARTEAR S.A. – F UNES Y CÍA. – MURI S.A.C.Y F.

Impresión Gráfica: TALLERES GRÁFICOS LUMEN

Las fotos del programa son de: JUAN BRAVO – FRANCISCO VERA – ANEMARIE  HERNRICH – PEDRO ROTH – TIME -LIFE – LA NACION Y LA PRENSA.

Creador, organizador y director del TEATRO CAMINITO, desde su fundación: CECILIO MADANES

Producción:

DÉCIMA TEMPORADA CONSECUTIVA AL AIRE LIBRE EN LA CALLE “CAMINITO” CON EL AUSPICIO DE LA SECRETARÍA DE CULTURA Y ACCIÓN SOCIAL DE LA MUNICIPALIDAD DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES (1966-1967)

Intendente Municipal: Coronel EUGENIO FRANCISCO SCHETTINI

Secretario de Cultura y Acción Social: Dr. JUAN SCHETTINI

Director de Acción Cultural: Ingeniero FERNANDO J. GRANDE AZEVEDO

El TEATRO CAMINITO cuenta con un PRÉSTAMO DE $900.000 otorgado por el FONDO NACIONAL DE LAS ARTES, para ser utilizado en el montaje de “MIL FRANCOS DE RECOMPENSA”.

La portada del programa de mano es un fac-simil escrito por Víctor Hugo durante su exilo en la isla de Guernessey en 1866.

Las casas de la Calle Caminito están pintadas bajo la dirección de BENITO QUINQUELA MARTÍN

Esta obra puede representarse gracias a la ALIANZA FRANCESA en Buenos Aires, quién cedió los derechos al TEATRO CAMINITO.

En escena:

Cipriana (SILVIA MERLINO) y su madre Estevita (IRMA CÓRDOBA).

Rousseline (TINO PASCALI) y Edgard Marc (EMILIO COMTE).

Palabras previas:

UNA OBRA OLVIDADA

1866. Hace quince años que Víctor Hugo está en el exilio, en Guernessey.

Acaba de escribir “Los Trabajadores del Mar” y las “Canciones de las Calles y los Bosques”. Va a comenzar “El Hombre que Ríe”. Con excepción de un acto (La Abuela) nada ha escrito en los últimos doce años para el teatro.

Una nota del 1º de febrero de 1866 nos informa que el poeta sueña con una obra cuyo título primitivo fue “QUINIENTOS FRANCOS DE RECOMPENSA”.

En cinco días termina la primera versión, la única en toda su producción teatral situada en el siglo XIX.

El manuscrito consta de 140 hojas de papel celeste de gran formato. La escritura deja libre buena parte del margen izquierdo para correcciones e intercalaciones. Las efectúa, poco después, en el mes de abril y escribe: “Un petirrojo está en mi balcón. El viento primaveral eriza dulcemente sus pequeñas plumas. Me mira, y canta”. Esta nota figura en la última página.

La pieza, concebida para el teatro -cuyos decorados dibuja el propio autor- llama la atención de los directores, informados por Auguste Vacquerie y Paul Meurice. Pero Víctor Hugo rechaza firmemente las ofertas de Marc Fournier, director del Teatro de la Porte Saint Martin.

HAUTEVILLE  HOUSE, 18 ABRIL 1866

“SEÑOR Y QUERIDO COLEGA:

SU DIGNO ENTUSIASMO ME CONMUEVE. PRESIENTO EN USTED A LA PAR DEL ESCRITOR CON TALENTO, AL DIRECTOR ARTISTA. POR MI PARTE ME APRESURO A CONTESTARLE. PARA QUE EL DRAMA QUE HE ESCRITO ESTE INVIERNO PUEDA SER REPRESENTADO, SERÍAN NECESARIAS CIERTAS CONDICIONES DE LIBERTAD QUE HOY EN DÍA SON NEGADAS A LOS HOMBRES EN FRANCIA, Y PARTICULARMENTE A MÍ. DEBO PUES POSTERGAR TODO.

ESTE DRAMA PERFECTAMENTE REPRESENTABLE DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA ÓPTICA DEL ESCENARIO, LO ES MENOS DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA CENSURA. ESPERO PUES, MI DRAMA APARECERÁ EL DÍA EN QUE REGRESE LA LIBERTAD. SI ENTONCES USTED QUIERE VOLVER A OFRECERME SU TEATRO, PODREMOS RETOMAR ESTA CONVERSACIÓN.

ES EL ESCENARIO DEL TEATRO DE LA PORTE SAINT MARTIN, EL QUE MÁS ME ATRAE. RECIBA, QUERIDO Y HONORABLE COLEGA CON MIS EXCUSAS, LA SEGURIDAD DE MI CORDIALIDAD MÁS VIVA.”

Víctor Hugo guarda pues la pieza en sus cajones. No se comprende por qué la deja olvidada después de 1870, cuando los teatros privados y subvencionados estrenaban y reestrenaban sus principales obras. Recién en los micrófonos de la RTF la compañía “Juin 44″ la sacó del olvido, hace pocos años.

Y es la Comedie de l´Est quien la estrena gracias a Hubert Gignoux el 14 de marzo de 1961, en el Teatro Municipal de Metz y luego en París en el Teatro Ambigú, el 8 de mayo de 1961, llegando a cumplir 2.623 representaciones.

EL ALMA DE CAMINITO

Con ser fanáticos de nuestra ciudad, quizás no poseamos los porteños el ojo turístico que la revele pintoresca. Puede acontecernos escuchar con halago:

¿Sabe usted lo que me encantó en Buenos Aires? Pues, el Teatro Caminito”.

“-Y nos decíamos: – Claro, como que La Boca ofrece la singularidad de sus casas de chapas y sus patios promiscuos, adonde no llegaron las urbanizaciones demoledoras. Claro, como que en la zona portuaria vibran de marineras nostalgias peringundines y cantinas, al borde del telón de fondo de embanderadas jarcias. Claro, como que en aquella callejuela llora el eco del bandoneón, según los acordes de Feliberto que sonaban a notas negras de bordonas. Claro, si Quinquela oscureció al carbón el trajín de calafates, estibadores y lancheros antes de meterse a camuflar de colorinches el contorno.

Verdad es que el Teatro Caminito se acogió al pintoresquismo tal vez barato del rincón,  escrutando el alma de un ámbito propicio de modo tan natural que a nadie pareció hallazgo sino acierto de ubicación.

Madanes, que procuró estilizar el manolismo de “La Verbena”, la hubiera desplegado con su salsa en el patio interno de alguna mansión madrileña con historia de escaleras, así como hubiera querido mover una virreinal Perricholi en el descubierto de un viejo caserón de Lima o hubiese brindado la amena revuelta de “La pérgola de las flores”, a la que dio brío, desde la misma explanada junto a la iglesia color ciruela de la Alameda santiagueña.

Sí, aquí, el Teatro Caminito tuvo de inmediato un carácter, el del aire libre entre saledizos de abigarradas casas de vecindad, con el telón de fondo de los mástiles, la contra del viento y la enemiga de las lluvias, ello esto sellado por la presencia de un animador, de una voluntad.

¿Qué hubieran sido La Barraca, sin Federico, el Vieux-Colombier, sin Copeau, Gli Independenti sin Bragaglia? Harto difícil de conjeturar, porque aquello en que se concretaron ciñose a la fisonomía del director.

Y este Cecilio Madanes, elogiado con exceso o subestimado con desdén, le imprimió a Caminito su concepción, mala o buena, si bien vigente y eficaz, del sentido de la reteatralización del teatro.

Se mostró un tanto operístico y sin duda por eso le llamaron para darle inyecciones a la Traviata.

Empezó con Goldoni, desde que evidentemente la ropa tendida de los vecinos invocaba los chillidos de Chioggia y los comadreos de las plazzetas sobre los canales.

Incursionó con Nalé Roxlo en la estampa colonial que terminaba en batiburillo y con Laferrère en epígonos de la Gran Aldea.

Senda grata para él, de la farsa a las trepidaciones jocundas de un mundo de tenderos por entre el que se escurre la inocencia del amor como un pecado.

Veleidad leve que le conduce ahora a un Víctor Hugo inédito, pero no desconocido, porque al fin y al cabo es el mismo de los acentos melodramáticos de La Esmeralda, cuyo folletín rezuma la esencia misma del romanticismo por el que peleara las batallas de Cronwell y Hernani.

El teatro actual atraviesa por los más disconformistas cambios de estructura, hasta llegar a la síntesis esotérica y apocalíptica de Becquett, deslizándose por la mofa de Ionesco a todos los lugares comunes que estereotipan la vida corriente, pero sí aún dentro del antiteatro, para recobrarlo a la acción pura, hubiese tenido razón Artaud en sus teorías de la crueldad, habría que volver el pensamiento y el corazón hacia el candor en la fruición de la truculencia con aquello de “Viva el melodrama que hace llorar a mi chica”, pues que el romanticismo desmelenado no habría sido otra cosa que una lágrima en los párpados de Ninón o de Margot.

EDMUNDO GUIBOURG

EDMUNDO GUIBOURG (1893-1986)  fue periodista, historiador, crítico teatral y director argentino. Escribió para Diario Crítico y Clarín. Fue corresponsal en París durante seis años. Dirigió la película “Bodas de sangre” en 1938 basada en la obra de Federico García Lorca con Margarita Xirgú y Pedro López Largar. En 1987 recibió el Premio Konex de Honor.

DIEZ AÑOS DEL TEATRO “CAMINITO”

Caminito” es una institución porteña, tan representativa de nuestra hermosa ciudad, tan simbólica como puede serlo la geometría insólita del Obelisco, el abigarramiento multitudinario de la calle Corrientes o la música intensa y nostálgica del tango. Porque “Caminito” no es la aventura habitual -más o menos afortunada- de un teatro al aire libre. Es una expresión de las mejores esencias y los mejores perfiles de nuestro Buenos Aires, de esta ciudad que crece como un adolescente fuerte y desprevenido y tiende sus brazos con avidez saludable, a las bellas cosas de la tierra que dan radiante energía a los músculos y clara dicha al espíritu y a la inteligencia.

Buenos Aires, cuyas muchedumbres aclaman, como Grecia, a los próceres de las hazañas físicas, es en nuestra América Latina, asimismo, la capital de la cultura. ¿Puede alguien cuestionarlo ante el caudal y el nivel cualitativo de nuestra vida intelectual y artística? “Caminito” encarna, de manera estimulante para nuestro orgullo, este aspecto de nuestra realidad porteña. Piénsese en lo que es materialmente “Caminito”. Es tan solo, un tabladillo alzado en una calleja pintoresca del más popular de los barrios de Buenos Aires. Pero en ese tabladillo de las más modestas particularidades, dotado apenas de los recursos técnicos más humildes, se interpretan, desde hace diez años, obras maestras del teatro universal. Y se las interpreta bajo el régimen de un criterio estético en que el refinamiento no hace concesiones ni depone las exigencias más extremas. Buenos Aires apoya esta aventura, la sigue con cariño, la sostiene con el interés que el amor lleva de la mano a un hijo predilecto. Gentes de todos los rincones de la ciudad, de todos sus estratos sociales, de todos sus niveles, colman noche a noche sus instalaciones sumarias con una asiduidad tan entrañable como la simpatía y el respeto conmovedores de que los mismos boquenses rodean a este insólito teatro cuyas bambalinas y cuyos bastidores son, tal vez, los más suntuosos del mundo porque intervienen tanto en su estructura los multicolores balcones que los rodean como las estrellas parpadeantes de nuestro cielo y las nubes viajeras que vuelan hacia el río.

Buenos Aires no puede dejar de celebrar con alegría de manera particularmente efusiva este cumpleaños de “Caminito” los diez años de este hermoso presente, de este regalo invalorable hecho a la ciudad por la fértil imaginación y la consagración generosa de este hombre de teatro de excepción que es Cecilio Madanes.

Piénsese en la larga teoría de las noches memorables en que bajo este libre cielo ribereño han desfilado por este tabladillo la poesía, la gracia, la ironía, el sarcasmo, la fantasía, el humor de tanto ingenio ilustre. Piénsese en la dignidad y el encanto del teatro a que han dado vida aquí sus actrices y sus actores desde la frescura primorosa de Goldoni al viento de romanticismo que ha de atravesar desde esta noche estas tablas con los personajes inventados por Víctor Hugo, desde la travesura penetrante de Molìère a la sacarronería festiva de Laferrere y Nalé Roxlo, desde la intencionada poesía de García Lorca de “La zapatera prodigiosa” al inocente desenfado de “La verbena de la paloma”.

El buen teatro, el que regocija el alma y da placer a los ojos y los oídos con los recursos de la espiritualidad más depurada, se ha vestido aquí con los resplandecientes ropajes de la farsa y ha dicho aquí las altas o las humildes palabras, las palabras risueñas o graves, ingeniosas o sabias, sugeridas a los poetas por los ángeles benévolos de la inspiración.

¿Cómo no agradecer este regalo? ¿Cómo no celebrar como un acontecimiento afortunado de la ciudad, de nuestra ciudad, los diez años de luminosa vida de este tabladillo ilustre alrededor de  cuyas  pompas efímeras y profundas se han detenido en el recuerdo tantas noches felices de buenos Aires?

CÓRDOBA ITURBURU

CAYETANO “POLICHO” CÓRDOBA ITURBURU, Periodista y poeta fue uno de los decanos de la Crítica de arte de Argentina, fue incorporado a la Academia Nacional de Bellas Artes.Entre sus textos figuran: “Como ver un cuadro”, “La Pintura Argentina del Siglo XX”, ensayos sobre Spilimbergo y Pettoruti. Fue un activo animador del grupo Florida, promotor de las vanguardias artísticas.

“VÍCTOR HUGO” EN EL TEATRO CAMINITO

Con Víctor Hugo, el romanticismo hace su entrada en “Caminito”.

Un romanticismo, de tono mayor, opulento, colorido, estentóreo y que, contra todas las leyes de la lógica solo se puede definir, diciendo que es VICTORHUGUESCO.

Romanticismo que fue la esencia de ese vasto telón de fondo barroco -su obra- en la que pintó abigarrada la Edad Media, la bandera tricolor, la fe, los dragones, el dolor, el Renacimiento, al igualdad, los Luises, la esperanza, los brocatos, la miseria, los cielos, los mares, los castillos, el ateísmo, las catedrales, Inglaterra y la Marsellesa…

Una noche de verano se encenderán las luces de ese escenario situado en una calle cerca del Riachuelo y Cecilio Madanes hará revivir con sus imágenes de un París del año 1825, el alma de aquél escritor, dramaturgo y poeta, que cuajó de lágrimas de nobles e ignorados sacrificios, de monstruos que el lector adora, de pecadores tan respetables como los santos, de traiciones sombrías y de amores más que puros, casi setenta años de la literatura francesa.

Cosette, Esmeralda, Quasimodo, Jeán Valjeán, Gwenplaine, María Tudor, Ruy Blas y Gavroche han partido de París y viven dispersos por el mundo, pero no es a ellos a quién Cecilio Madanes presenta en su encantador y exitoso teatro de la Boca.

Sorpresivo, ha descubierto la única comedia de Víctor Hugo. Comedia que es, naturalmente, el más intenso de los melodramas: con el castigo de los villanos, sus rebeldes de corazón puro y amantes ardientes inmaculados: “Mi francos de recompensa”.

Fue en la isla de Guernessey, durante sus diecinueve años de exilio, que Víctor Hugo escribe ésa, entre otras muchas obras. Su único drama burgués, recientemente estrenado en París.

El escritor cumplía entonces los sesenta y cinco años. Si bien su barba ha encanecido, su bigote se conserva negro, lo que le hace decir cuando alguien le comenta o lo pondera: “Admiran mi pelo como si yo fuera un caniche”.

Guernessey es una isla agridulce, que al principio, con sus tormentas, sus flores, sus mareas salvajes y sus rebaños, encanta a Víctor Hugo. Cuando desembarca en ella, en octubre de 1855, llega doblemente exilado. En primer lugar huyendo de Francia, de Napoleón III, a quien detesta, y luego de la isla de Jersey -posesión británica- por haber incitado a desobedecer a Su Majestad la reina Victoria, a unos flemáticos súbditos ingleses.

Pero su alejamiento es voluntario. Podría regresar a París si quisiera. En 1859 el emperador firma la amnistía del proscripto republicano. Altivo, el poeta ha hecho saber su respuesta: “Cuando la libertad regrese a Francia, regresaré yo”.

¿Por qué olvida en sus cajones MIL FRANCOS DE RECOMPENSA? Es probable que no se sepa nunca. Él no ignoró que en ese drama retornaba a sus heroínas y a sus héroes más típicos y muy semejantes a los personajes de sus obras más leídas. Sin embargo, tampoco lo incluyó en la colección llamada “El Teatro en Libertad”.

En América del Sur, en la Argentina, en Buenos Aires, en un teatro situado en un suburbio pintoresco, cerca del puerto, la exhuman en 1966 y la arrancan del olvido. Creo que nada habría gustado tanto a Víctor Hugo. En cambio él nos entrega con “Mil francos de recompensa” el más conmovedor de los secretos, el perfume ya entonces lejano, de su propia juventud…

LUIS SASLAVSKY

Prensa:

Medio: Diario La Nación

Fecha de Publicación: 16 de diciembre de 1966

C. Madanes y Caminito en su décima temporada

Hace nueve años, en 1957 Caminito era una calleja de la Boca, en un barrio pintoresco y tangüero. Ese año un joven director, Cecilio Madanes, que había vuelto al país en 1955, después de ocho años en París – que inició con una beca del gobierno de Francia- la pobló con las sombras inmortales del teatro.

Y desde entonces Caminito es una calle y es también la compañía siempre en evolución, siempre airosamente renovada, de Cecilio Madanes. Como antes, un punto del mapa típico de la ciudad, pero no como antes, ahora un rasgo destacado de su panorama cultural, un lugar obligado para la visita estival de porteños y extranjeros y también un “producto” de exportación, llevado a Brasil y a Chile.

En un medio teatral que entre sus indudables méritos  no cuenta con el de la permanencia de sus organizaciones y grupos, iniciados con ímpetu y entusiasmo y disgregados a poco por obra de circunstancias que no es del caso analizar ahora, Caminito ha seguido una trayectoria constante y no es exagerado el término triunfal, desde aquel 18 de diciembre de 1957 en que Madanes, ante la sorpresa de los vecinos de la callecita, puso en escena, sobre el tinglado al aire libre “Los chismes de las mujeres” de Goldoni.

Ahora, con legítimo orgullo después de muchos éxitos conquistados en Caminito, y fuera de Caminito, pues la personalidad y la obra del creador superan a la creación. Madanes va a presentar su décimo estreno boquense, será “Mil francos de recompensa” (“Mille franes de récompense”), una de las obras menos conocidas de Víctor Hugo, escrita en 1866, olvidada luego y estrenada solo en 1961, en Metz, por la Comedié del’ Est que luego la llevó al teatro  Ambigu de París.

Madanes se muestra un tanto reticente sobre el estilo, el tono, que imprimirá a esta pieza. Con la que parece reservar alguna sorpresa.

“Evidentemente -nos dice- en su época era un melodrama en serio. Hoy, en general, tiene que hacer reír porque ha envejecido, pero posee rasgos de profundidad, con su mayor convertido en maestro de música, con su filósofo que hace el bien, con sus personajes de cierto tinte chapliniano”

Madanes es hombre que busca lo nuevo, aún, como en este caso – y no es el primero – en la historia del teatro, y resta por ver qué forma tomará “Mil francos de recompensa”, con el tratamiento del director de Caminito.

Así proseguirá éste en su décima temporada, la trayectoria iniciada, como dijimos, con “Los chismes de las mujeres”, y proseguida con “Las picardías de Scapin” , de Moliére; “La zapatera prodigiosa”, de García Lorca;  “Una viuda difícil”, de Conrado Nalé Roxlo; “Il Corvo”, de Carlo Gozzi, el rival de Goldoni: “Las de Barranco” – otra vez un autor nacional- , de Gregorio de Laferrere, “Los millones de oro fino”, divertido vodevil de Labiche; “La pérgola de las flores”, de los chilenos Pancho Flores e Isidora Aguirre, llevada después al cinematógrafo, y “La verbena de la paloma” de De la Vega y Bretón, reina de las zarzuelas.

Las figuras principales de Caminito son este año Irma Córdoba,  Zelmar Gueñol, Fernando Vegal, Rogelio Romano – único con permanencia en el conjunto desde su formación, que pasó de diez líneas en “Los chismes de las mujeres” al papel protagónico de “Los millones de Orofino” – Juan Carlos Palma, Tino Pascali, Silvia Merlino y Emilio Comte.

La obra ha sido traducida por Luis Saslavsky, la escenografía es de Miguel Ángel Lumaldo, el vestuario de Claudio Segovia (con colaboración de modistas del Colón) y la asesoría musical de Ricardo Turró.

Las funciones

La “avant premiere” de “Mil francos de recompensa” se efectuará pasado mañana a las 21.30, y estará reservada  a los donantes de las sillas de Caminito e invitados especiales.

El lunes la función será a beneficio de DAFFAC (Dirección Argentina Filantrópica Asistencial de Citología del Cáncer); el martes de CIMAE  (Centro de Investigaciones Médicas  Alberto Einstein); el miércoles de la Parroquia Nuestra Señora Madre de los Emigrantes; el jueves de la Obra de Protección a la joven, y el viernes del Instituto de mujeres Judeo-Argentinas.

Las representaciones para el público en general comenzaran el domingo 25.

De lunes a jueves habrá una sola función a las 21.30 y los viernes, sábados, domingos y feriados se realizaran dos, a las 20 y 22.30 respectivamente.

Debajo de la foto: Rodean a Cecilio Madanes, durante la visita a nuestro diario, Juan Carlos Palma, Rogelio Romano, Emilio Comte, Silvia Merlino, Irma Córdoba, Fernando Vegal,  Tino Pascali y Zelmar Gueñol.

Medio: Diario La Prensa

Fecha de Publicación: 28 de diciembre de 1966

Melodrama de Víctor Hugo por el elenco del Teatro Caminito

Difícil es encontrar en los libros dedicados a Víctor Hugo mención alguna sobre “Mil francos de recompensa”, que en traducción de Luis Saslavsky acaba de estrenar el teatro Caminito.

No obstante la pieza tiene una serie de elementos interesantes, y su teatralidad revela en el autor una pericia para el oficio realmente positiva. Se trata de un melodrama, género al que fue afecto el autor de “Hernani”, y de acuerdo con los cánones ortodoxos de aquel, está la pieza llena de situaciones inesperadas  que se dirigen ante todo a la sensibilidad del espectador.

Claro está que visto con ojos contemporáneos, el argumento invita más a la sonrisa que a las lágrimas, pero el axioma de que hay que situarse en la época en que una obra ha sido escrita  para valorarla con la perspectiva adecuada, es aquí una vivencia.

Narrar la historia nos retrotraería a una época en que la sociedad estaba lejos de ser el patrón preferido, pero sabido es que el espectador corriente busca en el espectáculo lo que lo emociona antes que lo que  hace pensar; y en ese territorio “Mil francos de recompensa” es un bocado de cardenal, gracias a personajes desbordantes de humanidad, que no vacilan en llegar a lo insólito con tal de golpear  las fibras más intimas del público. Hay en el fondo de todo, desde luego, una ingenuidad que puede llegar a conmover sobre todo cuando se piensa la seriedad con que los autores del siglo pasado abordaban sus temas y urdían sus situaciones, pero que indudablemente posee una teatralidad que ha dado obras maestras desde el punto de vista formal, y que por ello han permitido el lucimiento de directores célebres, sobre todo en Francia.

No hemos nombrado a este país por casualidad, no sólo porque Víctor Hugo nació allí, sino porque a medida que transcurría la acción en Caminito pensábamos la maravilla que podría haber sido la pieza dada por un elenco como el de Jacques Charon y Robert Hirsch, para no mencionar a Barrault.

Porque lo malo (y al mismo tiempo, según sea la óptica que se elija, lo bueno) de la obra es que requiere una dirección y una interpretación fuera de lo común. Sin gracia y sin finura, la pieza se queda en una irremediable mediocridad y muchos nos tememos que le haya faltado a Cecilio Madanes el sentido del humor y el matiz que el melodrama requería.

Por lo pronto no creemos acertado elegir para dar al aire libre una pieza que transcurre sobre todo en interiores, aunque debe señalarse que el detalle de la nieve cayendo sobre el escenario fue un hallazgo del director.

En segundo lugar es imposible convertir a una mediana actriz de comedia  como Irma Córdoba o a un joven todavía muy inexperto como Emilio Comte, para no decir nada de una actriz sin duda inmadura como Silvia Merlino, en intérpretes capaces de sobrellevar la dura prueba de una obra excesivamente difícil para sus posibilidades.

Es cierto que Fernando Vegal pone bastante de su parte y que Tino Pascali se esmera al máximo para dar gracia  a su personaje, aunque una marcación no del todo feliz lo acerca más al sainete que a la comedia fina.

No hay duda que los pocos momentos en que Zelmar Gueñol aparece en el escenario comprueban una vez más su jerarquía de actor, y que el empeño puesto por Juan Carlos Palma es plausible; pero tampoco puede negarse que elenco y director, en bloque, estuvieron varios puntos por debajo de las posibilidades de la obra.

No obstante la excelente escenografía de Miguel Ángel Lumaldo, la imaginación y buen gusto mostrada por el vestuario de Claudio Segovia, y el ambiente de Caminito, sobre todo en una noche espléndida como la del Lunes pasado, son elementos que juegan a favor de la representación, que por otra parte no deja de ser digna de encomio por la buena voluntad de este grupo tan identificado con el buen teatro, aunque a veces los aciertos no sean totales, como en este caso.

J. P.

Medio: Diario La Razón

Fecha de publicación: 28 de diciembre de 1966

Con una obra de Víctor Hugo, inició Caminito 10º temporada en la Boca

En la Boca – más exactamente en Caminito – está nevando copiosamente y no por un milagro del cielo, si no porque ese pintoresco rincón donde se alza el tablado del popular conjunto de Cecilio Madanes se ha convertido en París de 1825, en pleno Carnaval y los copos blancos caen sobre el escenario y las plateas, mediante un dispositivo especial, para crear el ambiente realista e invernal a “Mil francos de recompensa”, la pieza casi inédita de Víctor Hugo, escrita en 1866, en su destierro de Guernesey, traducida a nuestro idioma por Luis Saslavsky  y con la cual ha iniciado Caminito su décima temporada en la acogedora calleja boquense.

La obra no es, por cierto, un hallazgo importante en el acervo literario del gran poeta romántico. Se trata de una creación de subido tinte dinámico, de aquel género que exaltaba graciosamente Alfred de Musset ante la compañera emocionada  hasta las lágrimas. Pero, naturalmente, está construida con habilidad; sus personajes son simpáticos, con excepción del villano de turno, y los sentimientos nobles se imponen sobre la codicia y la infamia, debido a la intervención de  un “clochard” (N.T. mendigo), de alma angélica, no obstante sus antecedentes delictuosos, que proporciona, a costa de su libertad, la dicha de una pareja de enamorados.

Claro que algunos de sus arranques dramáticos tienen una resonancia para la sensibilidad actual diametralmente opuesta, pero es de justicia reconocer que Cecilio Madanes, experto en “metier”, ha evitado todo desborde e insuflado a los pasajes “emotivos” el tono conveniente, que recuerda -con mayor mesura, desde luego-  gestos y ademanes caros al cine mudo de Francesca Bertini y  Lyda Borelli.

Acertado criterio, por cierto, de una dirección capacitada y sagaz, que halla en el escenógrafo Miguel Ángel Lumaldo y en el figurinista Claudio Segovia. Dos colaboradores de primer orden; aquel, por sus marcos decorativos de fina y armónica concepción; este, por el vestuario de época, lujoso y de atrayente cromatismo.

En cuanto a los intérpretes, cabe señalar que todos coadyuvaron con entusiasmo a la mayor justeza del espectáculo. Irma Córdoba compuso con naturalidad y elegancia su parte; Juan Carlos Palma imprimió dignidad a la suya y Fernando Vegal, el vagabundo Glapieu, – suerte de Jean Valjean, bondadoso y cordial – animó con acertados rasgos su papel. Tino Pascali tuvo un feliz desempeño en el malvado Rousseline y Silvia Merlino y Emilio Comte tuvieron una actuación estimable. En el extenso reparto, no pasó inadvertida, en un plano de menor compromiso, la labor de Rogelio Romano y Lucio de Val.

Apropiada la ambientación musical debida a Ricardo Turró. Excelente el juego de luces y la calidad del sonido microfónico. Y aun cuando la mención no se estila, merece elogiarse el programa de la representación con interesantes notas gráficas, un sugestivo retrato de Víctor Hugo  en Guernesey en la portada y comentarios de conocidos escritores.

Medio: Diario Clarín

Fecha de Publicación: 28 de diciembre de 1966

“Mil francos de recompensa”: Historicidad del Melodrama

En Caminito se estrenó el melodrama de Víctor Hugo, traducido por Luis Saslavsky, “Mil francos de recompensa”. Dirigió Cecilio Madanes. La escenografía es obra de Miguel Ángel Lumaldo y el vestuario fue ideado por Claudio Segovia. Esta pieza, de acuerdo con las propias palabras del autor, reproducidas en una carta que consta en el programa, fue clasificada por Hugo de “drama”; en el catálogo de trabajos victorhuguescos, por otra parte, no consta registrada y, en última instancia, adviértase, que, escrita en 1866, recién se exhumó en Francia el 14 de marzo de 1961, corriendo por cuenta de La Comediè del’Est – un conjunto de arte puro – dar a conocer esta producción, que permaneció ignorada durante casi un siglo. Pero pasemos al análisis de la obra.

Si alguien – lo dudamos – no conociera a Víctor Hugo y debiera juzgarlo a través de  “Mil francos de recompensa”, la impresión sería muy distinta de lo que en realidad fue ese coloso del romanticismo. Hablamos de nuestros días. Porque el tiempo es un peregrino distorsionador de conceptos y lo que emocionaba hace un siglo, hoy apenas si llega a llamar nuestra curiosa atención en mérito al interés que merecen los grandes escritores.

Partimos de la base que “Mil francos de recompensa” es un drama y de ahí la cita pertinente de párrafos arriba para que no fuera nuestra estimación, sino las palabras autorales, lo que genéricamente la ubique. Y es tan drama, tan siglo XIX, tan de la escuela romántica y tan terrible, que provoca generosas carcajadas por parte del público incapacitado – en 1966 – para emocionarse con los “¡Desgraciado padre mío…!” o “¡Antes que casarme con vos prefiero la muerte!” que abundan en el diálogo. Porque ya no se habla ni se siente así.

Como tampoco es comprensible la presencia de villanos, tan villanos que se frotan las manos con delectación cada vez que anuncian la ruina de alguien. Ni perviven las situaciones de pagarés, hipotecas y documentos usados como ganzúas para forzar bodas entre chicas buenas y maduros canallas sin escrúpulos ni corazón.

Tal vez todo eso se haya agotado por exceso de uso en las películas del lejano oeste de las décadas pasadas, donde todo eran “ranch” con prenda agraria vencida, “malos” que se azotaban las botas con su fusta y “muchachas” llorosas que por salvar a su anciano digno padre debían dejar al galán caballista y diestro en el empleo de la 45 para contraer matrimonio con el bigotudo poseedor de los papeles de la deuda impaga.

Naturalmente, que Víctor Hugo no es tan elemental y adorna su obra con las cosas que a él le interesan, como por ejemplo la sátira napoleónica. Empero, su falta de oficio teatral es notoria y todo se vuelve “raccontos” y apartes con el público por incapacidad para resolver escenas de otra manera.

En su particular simbología crea un personaje – el vagabundo Glapieu – en quien ubica todas las virtudes del pueblo, semiocultas por la miseria y la falta de auxilio de la sociedad. El resto de los personajes ya los había descrito Balzac en sus novelas de costumbres.

La trama, un tanto fincada en la comedia de equívocos, nos cuenta como un truhán, violador de cajas fuertes, resulta el ángel guardián de una familia con los consabidos hijos naturales, padres desconocidos, separaciones antañosas, viudedades fingidas.etc., etc., etc., a costa del sacrificio de la libertad.

Cecilio Madanes, espíritu sutil, cerebro inteligente, no podía ignorar el efecto que un tal melodrama causaría en el público. En ese sentido, permítasenos aceptar el estreno de “Mil francos de recompensa” como una revisión histórico-informativa, como una curiosidad, más que como un homenaje a Hugo, ya que en este último carácter no puede prosperar atento a la reacción contraria que produce su texto.

Confirma esta suposición la circunstancia de que el director impuso a los actores un juego temporalmente ubicado en las técnicas artísticas del siglo XIX, sabiendo que si bien lograba fidelidad los resultados emocionales serian opuestos a los que persigue el libro.

En verdad no es culpa personal de nadie, ni demuestra insensibilidad si nos reímos al ver un filmodrama 1920 interpretado por los grandes trágicos de aquella época.

Los actores comprendieron su misión retrospectiva y, sin exagerar, envejecieron sus recursos adaptándolos a la obra. Irma Córdoba, una falsa viuda plañidera e implorante de gran suficiencia. Fernando Vegal un delicioso vagabundo. Silvia Merlino, acertada en la hija-victima. Tino Pascali un villano auténticamente ridículo. Zelmar Gueñol, logrado en el anciano padre – la escena de la Marsellesa, impecable – Aplomado y veraz Juan Carlos Palma. Graciosos Rogelio Romano y Lucio de Val. Vehemente, Emilio Comte. Correctos, entres otros, Amanda Beitía, Miguel Padilla, Osvaldo de Marco, Edelma Rosso y Elida Marletta. Muy buenos los decorados de Miguel Ángel Lumaldo.

SKYLOS

Medio: Diario La Nación

Fecha de Publicación: 28 de diciembre de 1966

Desconocida pieza de Víctor Hugo por el Teatro Caminito

Diez años de Caminito; una mayoría de edad considerable para una institución de su índole. Diez años de espectáculos jocundos, luminosos, en consonancia con la dulzura estival y el colorido boquense. El melancólico pasaje de la canción de Juan Filiberto, la calleja que “el tiempo ha borrado”, ha cobrado a través de esta década un brillo singular y multiplicado su fama abriéndose a públicos numerosos y variadísimos. El teatro Caminito ha sabido corresponder a la calle Caminito, y este es acaso el mayor elogio que pueda tributársele a su director, Cecilio Madanes.

En esta nueva y feliz oportunidad se ha inscripto en su cartel el nombre vibrante de Víctor Hugo, ese poeta de lo grandioso, para cuyo encarecimiento deberíamos emplear alguna imagen sonora. Claro que no se trata de “Hernani”, ni de “Marion de Lornme”, ni de “María Tudor”, augustas en su consagración histórica y que todavía merecen la reverencia de los franceses, sino de una pieza escrita hace precisamente cien años y luego olvidada por su propio autor. Una de sus  singularidades en que transcurre en siglo de Hugo, en Paris, entre personajes comunes.

Es un melodrama en el que pueden advertirse temas y arrebatos propios del novelista de “Los miserables”, su generosa conmoción ante lo noble y su justiciero menosprecio de lo vituperable.

“Mil francos de recompensa” es su título, es sin duda una obra menor que si no empaña la obra del gran poeta tampoco la enriquece. La Comedie de l’Est la sacó del olvido en 1961; la estrenó primero en Metz y luego en París, donde sobrepasó largamente las dos mil representaciones.

“Mil francos de recompensa” fue concebida como obra seria, pero hoy puede suscitar la risa. Acaso ocurriría lo mismo con otros melodramas de Hugo, pero reírse de “Hernani”, por ejemplo, hubiera significado una franca irreverencia, una facilidad gratuita.

Madanes no ha transformado a la pieza olvidada en una parodia, no ha exagerado sus flancos vulnerables exponiéndolos a la irrisión, sino que ha dejado fluir la acción con naturalidad, de modo que el público reaccione diversamente ante ella, ya incrédulo, ya convencido.

¿Satisfará el gusto popular por el  melodrama, por lo directamente conmovedor, por el juego entre buenos y malos? ¿Provocará la risa o la sonrisa del público más avisado e intelectual? Lo cierto es que “Mil francos de recompensa”, traducida al castellano por Luis Saslavsky, puede solicitar de diverso modo al espectador de hoy. El espectáculo parece ser concebido con esta doble intención.

Es dado apreciar en él la calidad que ha distinguido las representaciones de Caminito, calidad visual y calidad interpretativa. Los decorados de Miguel Ángel Lumaldo, el vestuario de Claudio Segovia, las luces y el sonido confieren prestancia al espectáculo.

A su sugestión se une la labor de los intérpretes, con acierto homogéneo en el conjunto y destacable actuación individual. Irma Córdoba realiza un trabajo excelente en Estevita, la viuda desvalida; su personaje cobra gracias a ella un interés singular. Su calidad de actriz le ha permitido sortear los riesgos de la exageración sin restar convicción a su parte.

Silvia Merlino es Cipriana, su hija, ambas víctimas de un villano que aspira a la mano de la joven y para ello apela a la amenaza y al despojo. La joven actriz se desempeña muy bien, en tanto que Tino Pascali, el villano Rousselline, da  a su papel un relieve extraordinario, digno de un actor seguro  y de muchos recursos.

El mayor Gedouard, padre de Estevita, que por razones políticas se esconde bajo otro nombre, permite a Zelmar Gueñol un trabajo de composición sobresaliente; otra ratificación de su dominio escénico.

Juan Carlos Palma es el Barón de Puencarral, riquísimo y desdichado, quien al fin logra su anhelo de hallar a su mujer y a su hija. El actor le infunde gallardía y convincente acento.

Emilio Comte desempeña el papel de Edgardo Marc, enamorado de Cipriana y triunfante luego de muchas vicisitudes. Lo hace con acierto aunque quizá sin la fuerza debida.

Especie de “deus ex machina”, un personaje que abunda en “apartes”, es Glapieu, vagabundo y ladrón. Algo filósofo, purgado espiritualmente por la bondadosa acogida de Cipriana. Fernando Vegal lo anima admirablemente, saliendo airoso de sus  muchos  soliloquios, dichos con neta intención, sin forzar en ningún momento las líneas del personaje. Otro trabajo de alta calidad.

Rogelio Romano, Miguel Padilla, Lucio de Val, se desempeñan en buena forma, en un reparto que se completa con la intervención de figuras episódicas.

Medio: Revista Primera Plana

Fecha de Publicación: 3 de enero de 1967

Teatro

Bajo los árboles y junto al río

La frescura brota del tablado municipal del Parque Chacabuco, salta a la platea, retoza bajo las amables arboledas de ese lugar donde Buenos Aires conserva jirones de los barrios que le dieron carácter.

En ningún otro lugar de la ciudad, tal vez, el sainete se encuentra como en su casa. Néstor Ameijeiras (38 años, funcionario de la Caja de Ahorro) lo sabe y puntualmente conduce allí, un verano tras otro, a las huestes del Nuevo Teatro Bonorino.

En 1965, el paréntesis claro del Volpone de Ben Jonson, no canceló la memoria de Sainetes de ayer y de hoy, que un año antes había probado la solvencia del Bonorino en el arduo género chico.

Ahora, Saineteando retoma el hilo de lo popular bien entendido y recrea dos pequeñas obras maestras: Mustafá (1921), de Armando Discépolo y Rafael de Rosa y Tu cuna fue un conventillo, de Alberto Vacarezza.

Mustafá es un grotesco, con cierto acento pirandelliano en la historia del ladrón a pesar suyo, el comerciante turco frustrado en su anhelo de “hacerse  la América”; Tu cuna es – con menor intensidad y gracias que El conventillo de la paloma – el sainete porteño cristalizado en situaciones y personajes característicos, arquetípicos.

Haber conservado la esencia de cada pieza, sin entremezclaras en ningún momento, y haber extraído un caudal de simpatía y autenticidad de autores en su mayoría inexpertos, es el mérito de Ameijeiras, seguro para desplazar sus personajes, menos certero en la obtención de algunos ritmos  (el final de Mustafà, algunas zonas intermedias de Tu cuna).

No obstante, aunque la diversión es persistente y la ambientación perfecta (con la idónea escenografía José Rubén Trifiró), Saineteando no consigue ocultar, pese a la vitalidad de la recreación, el hecho cierto de que el sainete pertenece al pasado. No se trata de una construcción arqueológica, ni de una visita al museo: es, más bien, como si se proyectara un film pasado de moda, que a lo mejor entretiene y hasta fascina, tan solo mientras dura el haz de luz que lo sustenta.

La verdadera crueldad

En 1866, un exiliado francés cuyo único defecto era creerse Víctor Hugo, escribió en la isla de Guernessey una comedia, Mil francos de recompensa, que después prefirió olvidar en un cajón de su escritorio, bajo llave.

Privaba así al mundo de personajes y peripecias apasionantes; hijos abandonados, esposos reencontrados, abuelos moribundos capaces de entonar La Marsellesa mientras los alguaciles les embargaban el piano, pillos abnegados, torvos confidentes que se burlan de la inocencia ultrajada.

Un siglo después un showman, cuyo único defecto es creerse Cecilio Madanes, erige tantas zozobras en el tablado de Caminito. Lo mueve una noble intención: perfeccionar el melodrama romántico, adscribiéndolo a las actuales tendencias del teatro de la Crueldad. Consigue así un admirable efecto de superposición, de “teatro dentro del teatro”: mucho más espeluznante   que la miseria que se abate sobre la familia del Mayor Gedouard es el esfuerzo de Silvia Merlino y, sobre todo, de su consorte, Emilio Comte, para encontrar algún asomo de expresividad.

Mientras ellos se retuercen en la desesperación, Tino Pascali y Fernando Vegal los torturan con el despliegue de sus dones. ¿Habrá crueldad mayor? Una, quizás, anular la óptima Amanda Beitía en un papel anónimo, cuando hubiera hecho una Cipriana admirable.

Pero eso no es todo, Madanes, a propósito, no aplica ninguna imaginación a las evoluciones de unas lujosas máscaras (ni de nadie), permite que el escenógrafo Miguel Ángel Lumaldo se pierda en los vericuetos de un rechinante dispositivo escénico y, en fin, inventa un artilugio tan ingenioso para hacer nevar en escena, que la nieve cae sin cesar, hasta en los interiores, y salpica a un público salvajemente golpeado por el tedio.

“Cecilio ya hecho nevar y llover en Caminito, ¿Qué hará el año que viene?”, se preguntaba un espectador deslumbrado. “A lo mejor teatro”, le contesto un escéptico.

Medio: Diario El Mundo

Fecha de Publicación: 4 de enero de 1967

Obra de Víctor Hugo en Caminito

El teatro Caminito festejó sus diez años de vida. Levantando en un pintoresco pasaje de ese barrio de fantasía que es la Boca, bajo un cielo rutilante y donde los balcones de las casas vecinas sostienen en ramillete vivo a sus moradores, que noche tras noche, subyugados por el mágico sortilegio que surge como un milagro de la escena en la que han visto con ojos asombrados – desafiando al sueño – los personajes de un Goldoni, de Molière, de un Laferrère, de un García Lorca, de un Nalé Roxlo que mal o bien representados, no negamos, cumplen indudablemente, una avanzada de cultura, en el corazón de este Buenos Aires prestado a las más audaces aventuras del arte.

Para este festejo, diez años de intensa labor, Cecilio Madanes, su creador y director, eligió una obra, que permaneció olvidada durante casi un siglo, del escritor, poeta y dramaturgo Víctor Hugo, broche de oro del romanticismo del siglo pasado, de quien Unamundo dijera “no es santo de mi devoción pero tiene la virtud de saber indignarse”.

“Mil francos de recompensa”catalogada por su autor como drama y negada a los requerimientos de representación que le hiciera Marc Fournier, director del teatro de la Porte Saint Martin, en 1866, con estas serias palabras: “para que el drama que he escrito este invierno -hace un siglo- pueda ser representado, serían necesarias ciertas condiciones de libertad que hoy día son negadas”.

Este drama, severa crítica a una sociedad donde peligran de sucumbir el bien, el amor, la justicia frente al mal, a la traición, al caudillismo y a la vileza aún en aquella época, podría calificárselo de melodrama, con cuyo acento Víctor Hugo quiso fustigar a una época, pero que en el año 1966 Cecilio Madanes, inteligente, sagaz, culto, hombre de espíritu refinado y agudo, debió prever los resultados.

Su mismo elenco, si su director no hubiera marcado los papeles, se hubiese defendido contra en anacronismo, como lo hizo, marcando un ritmo de farsa cómica.

¡Qué indignación en la apacible noche del estreno, la Víctor Hugo! Consultado, hubiera por segunda vez negado su representación, esta vez negado por distintas causas.

El autor sólo hubiera entregado su drama a Charles Chaplin, único autor que haciendo reír hubiera salvado el drama conmovedor, real y humano, aún en 1966, de la comedia victorhuguesca.

Pero Madanes, sin lugar a dudas, comenzó en serio, y su intención fue rendir homenaje  a Víctor Hugo – invocó su presencia en la noche – ; lo demás lo hicieron los actores y el público que festejó lo externo, la grandilocuencia de las situaciones y gestos propios de la época; pero el drama romántico, la intención profunda y humana quedaron rezagados bajo el disfraz, el oropel de la vestimenta y el muy bien desplegado movimiento escénico que nada pudo añadir a aquellos inmortales personajes para hacer surgir en escena a las heroínas y héroes más típicos del autor de “Los Miserables”.

Irma Córdoba, de exquisita femineidad, dio categoría a su parte en muy  buena labor; Juan Carlos Palma, posiblemente en el papel más humano de la obra, dio prestancia y sinceridad al personaje a su cargo. Marcó muy bien los diferentes estados de sus criaturas con buen desplazamiento escénico y bien timbrada voz; Fernando Vegal, actor bien dotado, mantuvo su escenificación con aciertos. No sabemos si fue por la marcación impuesta, ya que le conocemos excelentes trabajos, Rogelio Romano sobrio; Zelmar Gueñol y Tino Pascali, convincentes en sus respectivas partes.

DORA LIMA

Medio: Revista Análisis

Fecha de Publicación: 9 de enero de 1967

VICTOR HUGO EN EL TEATRO CAMINITO

Melodrama que no quiso claudicar

Los finales del año 1966 no le fueron propicios al buen teatro. La versión que Cecilio Madanes brindó en la Boca del melodrama de Víctor Hugo “Mil francos de recompensa” se estrella en el aburrimiento y naufraga silenciosamente en medio de una llamativa confusión estilística del director.

La obra es un dato insólito en la vasta  producción de Hugo. Está muy lejos de los arranques románticos, monumentales y poéticos de “Hernani” y “Ruy Blas”; igualmente está muy distanciada de la implacable minuciosidad de “Los miserables”. Sin embargo la obra está impulsada por los mismos fuegos de la creación.

Escrita en 1866, es decir, en plena madurez de Hugo “Mil francos de recompensa” es, a diferencia de sus tragedias, teatro en prosa. Es, además, una suerte de transición entre las visiones realísticas de Honorato de Balzac y el naturalismo principista de  Emilio Zola. Pero está unida a la visión del mundo de Víctor Hugo, a sus ideales, a su espíritu combativo, a su heroísmo civil. El Argumento de “Mil francos de recompensa”  está expuesto como un friso donde quedan al descubierto personajes que son paradigmas de la sociedad francesa del siglo XIX. Todos son productos de un medio inmisericorde, asentado sobre las apetencias materialistas, sobre una curiosa y aleatoria moral engendrada en la rapiña y la avaricia.

Hugo trató de enjuiciar a sus contemporáneos. Al exponer sus vicios y la dualidad de su comportamiento, trató asimismo de entonar un canto a las virtudes esenciales del hombre: la honradez, al amor, la misericordia, la capacidad de perdón. Trató finalmente, de hacer triunfar la justicia y la verdad por encima de las penurias de sus protagonistas.

Es la esquematización del melodrama, un género respetable y atractivo aun cuando tantas veces se lo evoque peyorativamente. “Mil francos de recompensa” posee una sólida estructura interior y un interés propio que solo reclama del espectador la flexibilidad necesaria para colocarse en el tiempo y el lugar de la acción, la porosidad espiritual que le dé acceso a los valores sobrevivientes aún hoy  de la pieza de Hugo. Esto, a condición de una puesta en escena fiel, respetuosa y entregada.

No es el caso de la versión del teatro Caminito. Cecilio Madanes, acaso fundado en escenas aisladas de “Mil francos de recompensa” (un baile de Carnaval, una noche de invierno junto al murallón del Sena mientras cae la nieve) quiso adaptar la obra, en su forma y contenido, a una concepción espectacular del teatro que le valió un éxito considerable durante las temporadas anteriores.

Pero aquellos fragmentos circunstanciales no autorizaban este tratamiento. Porque la escena de la obra de Hugo es de una seriedad extremada. No podía alterársela con el fácil recurso de una interpretación que en muchos casos orilla la farsa o la sátira del melodrama (Irma Córdoba, Silvia Merlino eventualmente Juan Carlos Palma), que adquiere un aire de mentida pomposidad y un retintín burlesco o que, como en el último acto alcanza las fronteras de una gimnasia chaplinesca.

Las diferencias fueron sutilmente establecidas por el contexto de “Mil francos de recompensa” al que se rindieron otros intérpretes (Fernando Vegal, Zelmar Gueñol, Tino Pascali, el propio Palma), atrapados en la autenticidad del melodrama.

En medio de esa confusión (a ella aportó también el deslumbrador vestuario de las actrices cuando sus personajes claman por una existencia miserable) el espectáculo de Caminito se hunde irremisiblemente. Las cuerdas de sofisticación, frivolidad, espectáculo y suntuoso entretenimiento que Madanes ha pulsado hasta ahora con buenos resultados, se quebraron. Sin un solo ruido, sin un estallido, la puesta en escena de “Mil francos de recompensa” se esfumó entre la indiferencia y la sorpresa.

ANUARIO 1967

Llega al mercado el primer disco de “The Doors”. Aretha Franklin graba “Respect”. “The Bee Gees” debutan con su primer single internacional: “New York Mining Disaster 1941”. En “Las Vegas” se casan Elvis Presley y Priscilla Beaulieu. Portada del disco “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”. Los Gatos graban su mayor éxito: “La Balsa”. Asesinan al Che Guevara en La Higuera, Bolivia. Gabriel García Márquez publica “Cien años de soledad”. Se estrena “El graduado” con Dustin Hoffman. “Bonnie and Clyde” con Warren Beatty y Faye Dunaway. Luis Buñuel dirige “Belle de Jour”. Racing Club de Avellaneda gana la Copa Libertadores. Se forma la banda “Almendra” liderada por Luis Alberto Spinetta. Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges publican  “Crónicas de Bustos Domecq”. Dalila Puzzovio gana el Premio Grimoldi con “Dalila doble plataforma”.

 

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